senderos de extremadura
EL CASTILLO DE FERIA

José Muñoz Gil. Cronista Oficial de Feria


      Alardea la villa de Feria de haber robado los roqueros de la sierra a los bravos alcotanes, y con el tiempo cubrió con su toquilla blanca y con verdes olivas la desnudez de las crestas de su cumbre. Y es que Feria está, donde tenía que estar. Ni quiso ni pudo bajar a la llanura. Ondea a los cuatro vientos el pendón de su castillo sobre el verde mar de los Barros. Y se recrea hoy con la mirada amplia, puesta en la campiña extremeña.

Feria es Feria y su castillo; no puede desprenderse de él; nunca pudo vivir el uno sin el otro, como pareja de ensueño. Se lo ha marcado así su propio destino, desde que el hombre prehistórico pisó estas tierras. Tomaron aquí asiento pequeños grupos que penetraron por el valle del Guadajira en épocas neolíticas, y ocuparon las crestas del borde festoneado que dominan las ricas vegas de la llanura. El eminente alcor que hoy ocupa la fortaleza actuó como un semáforo que atrajo la mirada de sucesivas culturas. Desde el calcolítico este empinado cueto ejerció una poderosa seducción. Lugar para ver sin ser visto, atalaya de control, defensa y refugio de huestes medievales. Los estudios arqueológicos que se realizan en la actualidad sobre estos poblados así lo demuestran. Después llegaría la incertidumbre de la época prerromana, de la que se dice, sin fundamento ni demostración arqueológica, que sobre este cueto se levantaría la Seria celta y un primer castro, que después aprovecharían los romanos.

 

Así, en el transcurso del tiempo, el mítico cono rocoso se vio coronado de una primitiva defensa medieval ya en dominio musulmán, marcando el destino de aquella pequeña aldea, la Seridja mora, que después fuera la villa de Feria. Fue en los comienzos del siglo XI, cuando Al-Aftas, fundador de la Taifa de Badajoz, se preocupó de reparar y ampliar las defensas de Feria, y otras fortalezas, dotándolas de instalaciones adecuadas para hacerlas efectivas contra los reyezuelos de Córdoba, Carmona y Sevilla. Se incorporaba así a la línea de cobertura de Sierra Morena que se prolongaba por el Castellar de Zafra, Reina, Montemolín y Tentudía. Los mechones cuarcíticos del apuntado cono se vieron desde entonces resaltados por la silueta coronada de los adarves de sus murallas y de su primera torre defensiva.

Pasó el tiempo y se cumplió la Reconquista, y de nuevo el mítico lugar volvió a seducir el sueño de la nobleza medieval. Un astuto señor, don Lorenzo Suárez de Figueroa, Maestre de Santiago, fijó su mirada en aquella fascinante defensa para asentar allí las bases, tantas veces soñadas, de un poderoso feudo: el Señorío de Feria, que le sería concedido a su hijo, don Gómez, por Enrique III, en 1394.

Por su posición estratégica aquella primera fortaleza es considerada punto clave para la defensa de sus territorios, pero la torre y los elementos defensivos no cumplían las exigencias estratégicas modernas, y el Primer Conde, don Lorenzo, en 1460, acometió unas profundas reformas que concluyeron con su nieto, el Tercer Conde, en 1513, aprovechando las partes más fortalecidas de las antiguas murallas. El resultado final logró la imagen que ha llegado hasta nosotros: una fortaleza roquera que ocupa unos 7.000 metros cuadrados, con una plaza de armas, dividida en dos sectores por un cuerpo de cortinas en línea, a caballo de las cuales se alza, majestuosa e impresionante, la torre del homenaje, de 40 metros de altura y 18 de lado.

El recinto amurallado de sólida fábrica de mampuesto de cal y piedra, de casi tres metros de anchura, se dota de torres redondeadas que avanzan al exterior en el sector meridional, mientras las del sector norte son cuadradas, denotando su origen árabe; y se recorre todo el perímetro por adarve o paseo de ronda. La torre emerge de manera arrogante, de cuatro cuerpos, con ventanas distribuidas de forma irregular, y saeteras, más para dar luz interior que con fines defensivos. En su fábrica se aprecia la evolución moderna del gótico militar. Se corona con canes y llaman la atención sus esquinas redondeadas, solución que para Edwar Cooper se conecta con las fortificaciones de la zona de Madrid, elemento que soluciona la línea de canes que la coronan y fortalece los empujes interiores, al propio tiempo que la hace menos vulnerable. Presenta una bella portada gótica de influencia portuguesa con puntales rematados por hojas de higuera, símbolo de la Casa de los Feria, y estaba recorrida por una inscripción epigráfica que al faltar gran parte de las dovelas originales no es posible descifrar. El cuerpo de la torre queda embellecido por dos de sus ventanas que se enmarcaron y geminaron con caprichosa celosía flamígera. Sobre la entrada un matacán sobresaliente es sostenido por alargados modillones.

Su interior se compartimenta de igual forma en las tres plantas, siendo más noble la primera, que parece dispuesta para residencia: solería de ladrillo y olambrillas vitrificadas, frisos de yesería mudéjar, ventanales de celosía gótica y parteluces, con poyos ventaneros a ambos lados al modo cortesano, cierres de alamud o tranco y una chimenea de amplio hogar que facilitaba la calefacción en las dos primeras plantas. El sótano serviría de almacén, con entradas y salidas para evacuar, y un aljibe para el abastecimiento de la torre.

Los testimonios epigráficos, que aparecen en todo el conjunto, además de los indicados, hacen referencia a los condes que intervinieron en su construcción: una banda decorativa exterior y esgrafiada recorre perimetralmente el cuerpo de la torre, en la que se representan los símbolos heráldicos de los Suárez de Figueroa y de las tres casas con quienes entroncaron los tres primeros condes: hoja de higuera, alón armado de los Manuel, y lobo pasante y estrella de ocho puntas de los Osorio y Roja. Sobre el cubo circular, que protege la entrada de la plaza de armas, se encuentra una piedra armera que repite los muebles (alón y león rampante) con hoja de higuera, enlace del Primer Conde con doña Maria Manuel.

El sistema de aguada es perfecto: dos aljibes que almacenan las aguas de filtración y de superficie abastecen ambos sectores de la plaza de armas; mientras el abastecimiento interior es más complejo: sobre el terrado se construyeron dos depósitos cilíndricos que recogen las aguas llovedizas uno de los cuales queda para servicio de las dependencias superiores, mientras el otro manda el agua por tubería, empotrada en el muro, al gran aljibe situado en el sótano, para abastecer las dependencias inferiores. Este aljibe está dotado de desagüe para evitar el rebosamiento, y entrada para ser abastecido manualmente desde el exterior mediante el acarreo de agua, en caso de necesidad. Quedaban, de esta forma, cubiertos los servicios exteriores e interiores.

El criterio defensivo estaba, pues, concebido para garantizar el refugio y la defensa gradual. A las fragosidades naturales de su propia ubicación, ahora se une su recinto amurallado con sus torres comunicadas por el paseo de ronda. Perdido el sector sur, el más vulnerable, se haría frente desde la zona norte con su muralla transvérsal y la propia torre, ayudándose, en opinión de Cooper, con el foso tallado en la roca, que aún se aprecia. Si el patio norte fuera tomado, quedaría como reducto la torre del homenaje. Dificultaría el último asalto al edificio la entrada en recodo y la ladronera o matacán, situado sobre la portada. Por lo demás, no dispone de otros elementos defensivos como troneras, merladuras y almenajes. En el caso de Feria no parece que existieran minas o corredizos subterráneos, en cambio, se dotó a cada sector del patio con dos entradas o poternas para acceder de forma discreta por el costado este de la muralla.

Terminada su reconstrucción la nueva fortaleza se convirtió en elemento clave en la articulación defensiva del Condado, con visualización perfecta con los otros tres castillos defensivos de Zafra, Villalba y Nogales, que guardan las distancias itinerarias apropiadas, no más de media jornada.

Vigilante, confidente mudo de tantos sueños y con el eco aún reverberante entre sus muros del grito de los neblíes y los azores que esperan la voz de ataque del halconero del Duque; testigo de continuos sobresaltos, en una época de enfrentamientos con el país vecino de Portugal o de frecuentes luchas internas y banderías entre la nobleza, el Castillo de Feria ha sido el centinela y el refugio de los pobladores de esta sierra. Tantas incursiones, asaltos, devastaciones y quema de mieses fueron la pesadilla de los villanos en una época de tremendas convulsiones políticas, pero desde que el legendario cueto se remató con este gigante atalayero, los vecinos se sintieron más seguros y protegidos.

El pronunciado alcor, que ya escogieron los primeros pobladores de esta tierra, ha marcado desde tiempos remotos a sus moradores; allí se atrincheraron y no quisieron bajar a la llanura. Pero llegó el terror de la máquina bélica de los franceses, que lo inutilizaron en 1811, y el gigante centinela quedó abandonado, destrozado y profanado. Hoy, después del devastador momento de la Guerra de la Independencia y estar sometido a la incuria del propio pueblo, las actuaciones que se llevan a cabo por el Programa Alba Plata, ha permitido recuperar su primera planta. El firme propósito de la Administración Regional y Ayuntamiento de establecer un centro de investigación con documentación microfilmada de los Archivos de Medinaceli, y poner en servicio todo el edificio, logrará que el viejo atalayero alce de nuevo soberbia su frente y el centinela haga su ronda por el adarve, enarbolando su ballesta, esta vez, en la guarda de otro tesoro: el patrimonio y la cultura del pueblo de Feria.

 

 

 





© Senderos de Extremadura, 1999.
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