senderos de extremadura

CÁCERES
El Encanto de una Ciudad Enamorada

Por José Mª Saponi Mendo. Alcalde de Cáceres.


      Cáceres, la antigua Lazris o al Lazares, es la princesa mora coronada por una rica corona de torres centenarias. Esta ciudad monumental y moderna, antigua y joven, conjuga el ayer y el hoy en una simbiosis que encandila a los que vienen a contemplar el pasado mejor conservado de Europa.

     La armonía de sus calles, plazoletas, adarves y torres albarranas es total, cortando el silencio de sus casas solariegas, de sus palacios y terrazas encantadas.

     El aire huele a flores de naranjo y limonero. De las paredes cuelgan jazmines y madreselvas. Todo el encanto de esta ciudad iluminada se cierra por una muralla morisca que aún conserva la fortaleza de sus tierras amasadas de sus adobes centenarios y de sus almenas y torres desmochadas.

     Esta gran fortaleza estaba coronada por el alcazar o alcazaba y un perímetro muy similar al actual. La jalonan torres tan emblemáticas como la de Bujaco, la de Cáceres de la Hierba, de los Púlpitos, del Gitano, la Coraja, la Mochada, la Torre de la Platá, del Homenaje, de los Golfines de Arriba, del Aire, Redonda, Postigo o la del Horno. Torres monacales, de iglesias, de cementos, de fortalezas palaciegas.

     Toda la muralla es como una corola que da el aroma medieval a esta Jerusalén española. Casas adoradas, laberintos de sueños encantados por princesas moras que vuelven en la noche de los tiempos esperando la mano amada de un caballero cristiano.

     Cáceres mora, cristiana y hebrea, antigua, media que renacentista cultural y humana, adornada y sobria de encantos solariegos. Los palacios, casas, blasones y murallas, pasan aquí el tiempo que nunca pasó, porque aquí el pasado es presente y futuro en un singular embrujo de estilos de fachadas, de torres que de linajes confundidos en un conjunto monumental único en el mundo.

     Las líneas verticales de sus palacios y cornisas se rinden ante las ventanas góticas, platerescas, renacentistas o que juegan al escondite como los alarifes árabes incorporándose a la arquitectura cristiana.

     Todo confluye en el aljibe, que materialmente conserva incólumes sus aguas pluviales donde se reflejan los misterios y encantos de esta ciudad iluminada, donde se espera la noche para acariciar el cielo con sus sombras, sus luces y su perenne alcazaba.

     Cáceres desconocida y descubierta como la llamara Miguel Angel Aguilar. Desde sus murallas o miradores "los ojos sobrevuelan el bosque aéreo de piedra, despuntado de contrafuertes, nidos, almenas, balcones en esquina y rojos tejados con verdín ".

     Recorriendo sus murallas escucharemos el silencio de tantas Semanas Santas. El tintineo de la campanilla que anuncia el Santo Entierro, el Cristo Negro, o la virgen que llora la muerte del Dios hombre.

     La noche ciega en sus puertas antiguos susurros de sables y cimitarras, de blasones y escudos, de túnicas y capirotes, de risas juveniles o de voces cascadas como las hojas de sus puertas cinceladas.

     Hay mucho amor amasando el barro de sus paredes, mucho sudor de largos viajes inacabados, muchos suspiros de sueños inalcanzados.

     El murmullo del viento en las noches de invierno susurra canciones de ayer con sonidos de laudes y mandolinas que se mezclan con el grito juvenil de la noche joven en la plaza Mayor, con los repiques de las cigüeñas prendidas en las agujas de su azul infinito, con el gorjeo de la golondrina en la alambrada, o con el rezo de los cenáculos. Remansos de paz




© Senderos de Extremadura, 1999.
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