TÚ ERES EL QUE CAMINA


A menudo me levanto antes que el sol. Al alba ilumina mis pasos por las veredas de los montes, por las sendas de los llanos. Y sólo quiero caminar atravesando estas soledades, estos campos que me llenan el corazón de sosiego.

Son muchos los que me preguntan quien soy. Son muchos los que se extrañan de mi silencio.

Soy, creo, un ser mágico. Un azar me convirtió en ello. Un avatar. Desde entonces camino por los senderos a la luz del sol, a la luz de plata de la luna llena.

Soy descubridor, investigador, observador, admirador.

Descubridor de veredas, de tesoros. Investigador de señales, de los sonidos que el viento trae entre las ramas. Observador de vidas, de sielncios. Admirador de cumbres, de valles, de cantos de aves. Desde que me envuelve este misterio veo cosas que otros no pueden ver.

Me detengo en las umbrías para descansar y beber, para respirar en las sombras. Paladeo los sabores de la tierra, me deleitan los olores de los huertos, de los sembrados, de los terruños ávidos de rocío.

Conozco los seres que habitan los bosques y los llanos. Las hadas de las riberas. Los duendes de los árboles. Las brujas de la noche. Los espíritus de las rocas. Conozco caminos que llevan a lo alto de los montes desde los que se contempla la llanura adehesada. Conozco lugares secretos que no han sido hollados. Ni hallados. Recorro los senderos de esta tierra entrañable, de este rincón del mundo sabiendo que no saoy más que un punto que se mueve en la inmensidad del Universo.

Y a cada paso escucho el rumor del viento "Ille qui ambulat". Tú eres el que camina. Si camino, no me atrapa el llanto. Sonrío. Respiro. Suspiro. Leo. Escribo. A veces escribo. En un libro que ya está escrito, pero que guarda páginas en blanco esperando ser escritas.

El libro de Extremadura
Al abrirlo en la primera página se puede leer: "Hay una tierra hacia el occidente que no cabe en un pensamiento".

En la última dice: "La tierra que abandonas, caminante, sólo cabe en una vida".

Y es que se necesita una vida entera para vivir Extremadura.

Ahora que casi he olvidado los sudores del verano y que todavía retiene mi memoria el ronco berrido de los ciervos, ahora que el otoño ha manchado de amarillo y rojo este verde que se extiende más allá de su mirada, voy a pasear por los llanos para llenar los pulmones del aire limpio y recio que ha venido con la lluvia. Encenderé el fuego del hogar para asar castañas y esperar a los fríos del invierno, y cuando pasen los viajeros por la puerta de mi casa les diré lo que han visto y vivido al llegar a sus lugares. Porque no es tan fácil que se olviden del agua helada de las pozas de los ríos que nacen en los montes; ni del porte soberbio de los robles, de los aalcornoques, de las encinas; ni del aflautado trino de la oropéndola en los chopos de la ribera; ni del canto de las piedras, vetustas piedras que guardan los secretos de generaciones de hombres que las apilaron con esfuerzo para levantar un puente, una fuente, una iglesia, un palacio, una muralla, una torre. Una casa en el valle y una chimenea para huir de la humedad de la niebla.

Los viajeros. Recuerdo aquel encuentro, un amanecer de noviembre , con el frío en la nariz y en las manos. Era un pintor. Venía del Bierzo. Su vida transcurría entre los valles del Sil. Nos encontramos allá en lo alto del Pico de Santa Cruz. Su mirada se perdía en el horizonte.

-Tú que andas y desandas los senderos de Extremadura -me dijo-, háblame de esta vasta tierra , pues siento que se me acaba el tiempo de vagar por ella.

-Escucha -le dije-, tengo un Libro. Un libro de Extremadura en el que todo está escrito.

-Entonces hablará de mi anhelo -suspiró-.

-Hablará por tí, porque ya has vivido una parte de esta tierra.

Abrí el libro y leí:

"Se me cruzó en mi camino un azar.

Emvuelto en las brumas del recuerdo, descendí desde la meseta hacia una tierra alejada de los montes de mi infancia. Anduve desconcertado bajo el sol. Un sol que eran mil. Agobiado por los rigores de un verano espantoso. Más llegó un aire fresco y ahora sé que ha volado.
He volado con las grullas por encima de la niebla y he pintado de rojo sus coronas. De rojo el gorjeo de las golondrinas. He dejado la impronta de mis manos en las paredes de una cueva, la espiral de la vida sobre estelas ocultas en la sierra. He escuchado el lamento de un guerrero desarmado. Y he trazado un camino flanqueado de miliarios. Mil pasos que aún no he dado.

Oteando la llanura sobre las almenas de un castillo en el roquedo, he oído el son de las merinas trashumantes. He hollado horizontes donde las sombras del suelo son las nubes del cielo. He robado. El negro de una nube. Anuncio de tormenta. El verde de la hierba a la sombra de la encian. El ocre del terruño que espera el arado. ¡Ladrón de colores!, me acusaba la brisa. Del púrpura del cantueso que huele a sol. Del blanco del almendro. Del escaramujo florecido. Del rosa de la peonía. Rosa albardera. Del rojo vestido de las amapolas. Y he soñado. Con un lienzo iluminado de atardeceres. Con las flores infinitas que retengo en la mirada."

Y apartando la vista del horizonte, partió el viajero de Extremadura sin volver nunca a mirar atrás.

El que camina




© Senderos de Extremadura, 1999.
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