SIERRA DE GATA

El paisaje humanizado


La Sierra de Gata es como un animal, que si fue salvaje hace millones de años, hoy está domesticado.
Sus dieciocho pueblos tienen características distintas en función de la orografía, pero siempre interesantes.

El otoño, cuando la luz es más pura y los colores más variados, es una invitación para visitarla.

Hoy cuenta con una interesante oferta hotelera y gastronómica para responder a una demanda creciente.

Cuando llega el otoño, un aire limpio y purísimo inunda la Sierra de Gata. La luz penetra de tal manera que anula la distancia., Desde los valles parece que puedan tocarse las montañas. Los pueblos se sienten tan cercanos que caso se nos hacen familiares. En la altura, por el Puerto de Santa Clara o el de Perales, por el “alto” de Hoyos o las subidas de Descargamaría y Robledillo, el cielo es tan azul, tan de mañana, como recién pintado. Resulta casi irreal para los ojos hechos a los cielos de las ciudades y las zonas industriales siempre empañados por la contaminación.

 

Las primeras lluvias, a caballo entre septiembre y octubre, fueron como el limpión definitivo del polvo y la ceniza de un verano apocalíptico. Sobre algunas laderas de la Sierra de Gata – por Robledillo, por Hoyos, por Acebo, por Perales, por Villanueva…- se asienta el manto negro de la devastación y muerte de los incendios. Pero allí mismo renace la esperanza con los primeros brotes otoñales. Esta Sierra de Gata tiene una gran capacidad de regeneración. Donde hay un atisbo de humedad, los helechos despuntan apenas se han enfriado las cenizas. Bien pronto el matorral habrá tenido un manto verde sobre las negras cicatrices; y en cuanto llegue la primavera, robles y castaños echarán brotes nuevos y crecerán de prisa como si quisieran olvidar un verano de pesadillas.

Mientras tanto, ahí está el otoño, con toda su gama de colores desplegada en esa paleta singular que es la Sierra de Gata. Cualquier tiempo es bueno para visitarla. En cualquier estación merece la pena recorrerla. Pero el otoño perfila los contornos, suaviza las temperaturas, contrasta el verde del paisaje con los dorados y los ocres castañares y robledales, lo endulza todo y lo sumerge en una paz melancólica que convida a dejarse llevar.

Una tierra amansada.

La propia característica geográfica de la Sierra de Gata hace de ella una sierra amable. La Sierra de Gata no es una sierra bravía. Ni altiva. Continuación del Sistema Central, quedan lejos el alto macizo de Gredos y aún las Sierras de Béjar, que superan los dos mil metros de altura. Y hasta desaparecen los atormentados serrejones hurdanos de las Sierras de la Canchera o del Gasco, por más que queden cerca.

La Sierra de Gata es una sierra amansada. Es como un animal, que si fue salvaje hace millones de años, hoy está domesticado. Digamos que es una sierra hecha a la medida del hombre. La altura se reduce hasta los 1524 metros de La Bolla, su punto más elevado, en el extremo oriental que hace linde con las Hurdes. Desde ese punto, Sierra de Gata se extiende hacia el oeste hasta el límite mismo con Portugal. Por el norte, la sierra constituye la línea divisoria entre Salamanca y Cáceres, de manera que la ladera norte vierte hacia tierras salamantinas –los Agadones y el Rebollar- en tanto que la ladera sur ya es extremeña.

Partiendo de ese eje central este-oeste, las sierras que descienden hacia el sur conforman los diversos valles que componen el territorio serragatino. La que baja de La Bolla hasta la Sierra de los Ángeles, en cuya ladera se asientan Torrecilla de los Ángeles, constituye su límite oriental, por el este; por el oeste, las alturas del “Puerto Viejo” más allá de Valverde del Fresno y “la raya” portuguesa constituyen su límite occidental. No acaba allí, sin embargo, el Sistema Central, que se verá continuado ya en tierras portuguesas de la Beira por la Serra da Estrela. Hacia el sur, el declive mismo de la sierra hasta donde se hace llano marcará su final.

En este perímetro de un centenar aproximado de kilómetros cuadrados se asientan dieciocho pueblos de tipología y características diferentes, pues su orografía condiciona el trazado del los pueblos, el tipo de viviendas, las producciones y aún la forma de vida.

La dirección norte-sur que, partiendo del eje este-oeste toman las sierras, conforman una serie de valles más o menos angostos, por los que discurren los ríos principales –el Tralgas, el Árrago, la Rivera de Gata, la Rivera de Acebo, la Rivera Trevejana, el Erjas- y en las proximidades de los cuales se asientan buen número de poblaciones. Sin duda son los valles del Árrago, de Acebo y de San Martín, los que ofrecen perfiles más definidos.

El primero, Valdárrago, se muestra abierto por Cadalso, se va cerrando a medida que asciende por Descargamaría, y se hace más angosto en Robledillo hasta cerrarse aguas arriba por donde nace el río que le da su nombre. Acebo se asienta junto a su Rivera, que discurre con relativa calma a partir de la Cervigona: de allí para arriba, el agua salta a tumba abierta desde las alturas que por la cara norte de Jálama se asoman a Castilla, y sólo se remansan en el pantano construido hace unos años para abastecer los pueblos de la zona. San Martín de Trevejo es la dulzura; semeja una doncella recostada plácidamente sobre un prado; porque si bien es cierto que el terreno se precipita desde las alturas de Jálama y Santa Clara, se torna casi llano donde se asienta el pueblo y desde allí el valle se abre y se remansa en los extensos olivares, característicos de los campos de Villamiel, San Martín y Valverde. Es en estos pueblos, y más concretamente en Robledillo de Gata y San Martín de Trevejo, donde la arquitectura es más típicamente serrana, recordando muy de cerca algunos pueblos del Valle del Jerte y de la Vera.

Otros pueblos encontraron cobijo en las laderas, como Hoyos y Torre de Don Miguel, al resguardo de los fríos invernales. Los hay también con vocación de altura, nacidos al amparo de fortalezas y castillos. Tal es el caso de Santibáñez el Alto, para distinguirlo del otro Santibáñez cacereño, relativamente cercano, el Bajo; y el de Trevejo, como agazapado en el berrocal del tiempo y de la piedra, a la vera misma de un castillo que fue imponente en los tiempos del Temple y de Alcántara y hoy es pura ruina; o el caso de Eljas, pueblo ahijado también de su “castelu”, parte del cual se conserva en su casco urbano, semejando lo que quedara del solar familiar.

No he mencionado a Gata. Y no porque no sea pueblo importante y precioso, que lo es. O porque no esté en un valle, que lo está. O porque no tenga próximo el cobijo de una torre, que la tiene. Quizás no lo mencioné porque lo tiene todo, pero de otra manera: un valle, pero que no se forma en el hondo, sino en la altura y para llevar la contraria no se abre al sur, sino al suroeste, mirando a La Fatela; que no nace al cobijo de un castillo, aunque arriba, en lo más alto, hace guardia La Almenara, asomada a dos aguas y dando cara al cercano Santibáñez.

Tampoco dije nada de Villamiel. Este es un pueblo atípico. Situado en la ladera sur de Jálama, es el pueblo más alto de Gata, 733 metros, cuando todos los demás se sitúan entre los 430 y los 650, más o menos. No está en un valle, ni a la orilla de un río: las abundantes fuentes le proporcionaban hasta hace bien poco, agua sobrada. Ni es pueblo de altura nacido al amparo de una fortaleza. Tengo para mí –y que me corrija quien más sepa- que su origen hay que buscarlo en la ganadería: todavía hoy es abundante y abundantes fueron los prados y los pastos, como lo son los bosques de castaños y robles que le rodean. Sin duda es este paisaje tan frondoso y tan bello que rodea a Villamiel lo que le da carácter. Eran razones bastantes para que antiguos pastores decidieran –como pasó en tantos sitios semejantes- sustituir las majadas temporales e incómodas por casas permanentes y más confortables.

Aquel pudo ser su origen.

Quedan, naturalmente, varios pueblos sin nombrar del total de los 18: componen el capítulo del borde sur de Sierra de Gata. Pueblos que se asientan ya casi en el llano, tomando de éste muchas de sus características. Villanueva de la Sierra, Hernán Pérez, Villasbuenas de Gata, Perales, Cilleros… Desaparecen en ellos –como en los ya citados campos de Villamiel, San Martín y Valverde, que no en sus tierras altas- las fincas abancaladas tan comunes en los pueblos serranos, huertos, olivos, viñas, para dar paso a unas considerables extensiones de olivar, producción tan característica y estimable por cantidad y calidad de la Sierra de Gata..

Agua y árbol.
Aún nos faltan los ríos. Porque si hemos citado los principales, no bastan ellos para nutrir a la Sierra de de otro de sus elementos más característicos, el agua. La pluviometría anual duplica la media de Extremadura. Y aunque también aquí la estacionalidad sea acentuada, es menos acusada que en el resto de la Región y durante buena parte del año es capaz de alimentar a los numerosos arroyos que descienden de las cumbres más altas.

Alisos, fresnos, sauces álamos, brezo blanco, marcan con su follaje característico el curso de los ríos y los principales arroyos; a medida que las laderas ascienden, serán corros de helechos, rebollos y otras plantas los que delatan la proximidad del agua de fuentes y manantiales. Muchos de los arroyos se secan en verano. Pero en muchos otros, como en los ríos, será permanente el murmullo del agua fresca saltando entre las peñas. Cuando el agua se remansa en un charco, allí estaba la piscina en la que remojarse y mitigar los calores. Ahora en muchos pueblos se han construido piscinas naturales, simple muro en el río y acceso fácil, delicia de agua fresca sin otro olor y sabor que el del agua, para solaz y comodidad de los de dentro y los de fuera que cada día acuden más.

Están luego los pueblos. ¿O los pueblos están desde el principio, como parte esencial de este paisaje humanizado? Lo cierto es que allí están, con sus edificios, sus casas y sus gentes. Cada uno con sus peculiaridades. Calles con casas nobles, blasonadas, en Torre de Don Miguel y Gata, en Hoyos y en Acebo, en Villamiel y San Martín de Trevejo. Calles estrechas y empinadas en Robledillo, con sus casas altas, sus entramados de “baraseto”, de madera y adobe, igual que en San Martín. Casas de piedra y cal blanca en Villamiel y Perales, en Villanueva y Santibáñez, pueblos remozados donde las nuevas construcciones y los nuevos servicios marcan los nuevos tiempos.

Turismo creciente.
Pueblos cerrados antes, lo que preservó su tipología que hoy llama la atención; pero pueblos abiertos actualmente al mundo y al turismo, al negocio y al ocio. Es curioso y llamativo como han cambiado estos aspectos. Hace sólo unos años, en muchos pueblos de Sierra de Gata, como en la mayoría de los de Extremadura, apenas había una posada donde dormir o una fonda en la que te dieran de comer. Hoy la Sierra de Gata cuenta con una interesantísima oferta hostelera y gastronómica, que no es sino la respuesta a la importante demanda generada.

La Sierra de Gata fue una gran desconocida, no tanto por su situación geográfica, cuanto por sus pésimas comunicaciones. Felizmente, la situación ha cambiado: a casi todos sus pueblos se llega por buenas carreteras, aunque todavía quede en el mapa alguna mancha negra, como el acceso a Robledillo de Gata, a pesar de ser uno de los pueblos más visitados; confiemos en que la Diputación de Cáceres se apresure a limpiar ese rastro que desdice del resto de sus acciones. Por lo demás, el haber sacado la comarca del ostracismo mostrándola en los medios de comunicación, las mejores carreteras, las acciones promocionales, la generalización del turismo, ha hecho que algunos de estos pueblos, casi desconocidos antes, sean hoy lugar de visita y destino en fines de semana y vacaciones para miles de extremeños y otros llegados de las regiones y hasta los países más insospechados. El que suscribe –y es sólo un ejemplo- se topo el pasado junio con una familia de norteamericanos, matrimonio y dos hijos, que pasaban una semana en Robledillo; habían aterrizado por allí el año anterior casi de casualidad. Prometieron volver. Y lo hicieron, ya lo creo. Incluso no me extraña que repitan alguna vez más, pues se lo pasaron como los indios saltando en las hogueras de San Juan y compartiendo vino y dulces con la gente del lugar.

Hostelería en alza
Seguramente es la Sierra de Gata la comarca extremeña donde más ha proliferado una forma de alojamiento turístico muy propia de los tiempos actuales: las casas rurales. Apenas hay ya un pueblo que no cuente con alguna, y en varios, como San Martín, Acebo o Robledillo, son numerosas. Sin excluir, naturalmente, varios hoteles propiamente dichos que existen también.

Algo parecido ha sucedido con la restauración. Las antigua fondas –donde las había- quedan ya lejanas, y más lejano aún tenerse que conformar con lo que pudiera ofrecerte la buena voluntad de un tabernero. Hoy no hay pueblo que no cuente con uno ovarios restaurantes; incluso hay algunos que bien merecen ser destacados por su esmero y buen hacer como ‘II Cigno’ en Hoyos, ‘Los Cazadores’ en San Martín, ‘La Taberna Encantada’ en Perales, o ‘El Vínculo’ en Torre de Don Miguel.

Esta ampliación de la hostelería y la restauración, unida a la mayor profesionalidad en el manejo de las mismas, así como la mayor profesionalidad en el manejo de las mismas, así como la mayor promoción que se viene haciendo de la Sierra de Gata desde los ámbitos públicos y privados, están logrando que el número de visitantes aumente de día en día. Importante fue, por ejemplo, que la Junta de Extremadura declarase conjuntos de interés cultural a San Martín, Trevejo y Robledillo, no sólo porque ello ha contribuido a su mejor conservación, sino porque fue un elemento básico para su promoción. De la mano de Adisgata, la Sierra tiene hoy presencia en ferias de turismo y en revistas especializadas del sector. Las administraciones por un lado y asociaciones de carácter privado por otro han posibilitado editar folletos y hacerse presentes en agencias de viaje y oficinas de turismo. También existen en algunos pueblos serranos estas oficinas, que desarrollan una magnífica labor cuando al frente de las mismas hay personas que defienden la causa como propia. Y está la gran herramienta de promoción y contacto que es Internet, donde la presencia es cada día mayor a través de las páginas web de los ayuntamientos y las creadas por algunos hoteles y casas rurales.

Basta mirar
Es otoño y todo es una invitación para visitar este rincón del norte cacereño. Inunda el paisaje un aire melancólico. En cuanto la lluvia se hizo presente, comenzó la transformación. El verde de los olivares se ha lavado y el de los pinos se ha vuelto brillante.

Hasta el brezo y la jara, las carrascas y las madroñeras han cambiado su pelaje. Amarillea el fondo de los valles y los bosques de castaños y robles van girando hacia el ocre antes de deshojarse. En alguna resolana, al abrigo del viento, algunas plantas han equivocado el tiempo y florecido. En el silencio escondido de los amaneceres húmedos aparecen las setas: boletos, níscalos, lepiotas, amanitas, de las que apenas se dejan ver las ‘oronjas’, restallan de color las muscarias o disimulan el veneno en su blanco ceniciento las faloides. Bajo la luz tibia de la mañana, se percibe en estos bosques una vida que tiende a aletargarse. Y se respira paz. Los pasos sobre las hojas quiebran los silencios, que se pueden oír cuando te paras. Y al extender la vista, cuando la luz alcanza el fondo de los valles, uno cree descubrir un mundo nuevo, como recién creado. Luego vendrá la tarde: la luz se va inclinando a medida que el sol se escapa monte arriba.

Es entonces cuando el viajero, el caminante, puede verse a sí mismo en medio de un paisaje que le inunda hasta hacerlo parte del mismo.

Hombre y naturaleza se han fundido.

Ya te has encontrado.

Estás en paz.

Seguro que mereció la pena venir.




© Senderos de Extremadura, 1999.
Queda prohibida la reproducción de la información gráfica y escrita sin autorización del editor

 
Volver al índice
[Volver al sumario] [volver al índice general]