VILLAMIEL

Pureza y variedad del paisaje


Villamiel, en la Tansierra leonesa, Alta Extremadura, provincia de Cáceres, está lejos. A tres horas y pico de Madrid, a una y media de Cáceres,, a otra de Plasencia, a tres cuartos de Ciudad Rodrigo y a algo menos de Coria. Salvo para quienes viven habitualmente allí esta lejanía es buena. Merced a ella gozan de una Naturaleza casi sin contaminar (aire puro y fresco, paisaje diáfano con árboles autóctonos y no dañado exclusivamente por los incendios), pocas aunque graves aberraciones urbanísticas (la Junta de Extremadura debiera declarar paisajes protegidos a muchos de los pueblos de la Sierra y hacerles un adecuado Plan de Ordenación Urbana) y sobre todo: gente sin prisas, sencilla y sin doblez, abundancia de horas muertas y felizmente aburridas. Si el viajero busca el sosiego su sitio está aquí; si lo que quiere es lo que ahora se llama "marcha", salvo en fiestas, que ni se asome.

Además de lejos, Villamiel está muy alta (es la localidad más alta de Sierra de Gata). Se vaya por donde se vaya para llegar a Villamiel hay que subir una pronunciada cuesta (en tiempos pasados pasaba por aquí el campeonato ciclista de montaña de Extremadura para jóvenes: llegaban reventados). Una vez en Villamiel el viajero verá que las cosas no son cómo parecen. En primer lugar porque Villamiel es también Trevejo; en segundo lugar porque a pesar del nombre aquí no hay abejas; las últimas que se recuerdan son las de Juan el Dimas; miel ni daban mucha, pero distracción bastante. El nombre de Villamiel es romano, pero no tiene nada de apícola (el cronista ocasional que esto escribe, que es la segunda persona que más sabe de Villamiel podía soltarle un rollo sobre el nombre del pueblo; hay cientos de fotocopias de un libro suyo, si publicar oficialmente, donde explica éste y otros aparentes enigmas del pueblo).

Y hablando de los romanos: por aquí debió haberlos y en cantidad; si damos una patada al suelo en Villalba, Los Pozos, la Nava del Rey, etc., parajes todos del actual término municipal aparece algo romano: aras, laudas sepulcrales procedentes de Villamiel las hay catalogadas en buen número.

Como en tantos otros pueblos, en Villamiel ni las personas ni las calles se llaman como parecen. Además del nombre del Registro Civil los paisanos tienen otro por el que suelen ser más conocidos. A las calles les pasa otro tanto. Si el viajero ve que una calle se llama como allí se dice, que no se fíe, seguro que tiene otro nombre; ejemplos: parte de la del general Franco es la calle Arriba, la de Calvo Sotelo las Huertas, la de Berjano la Ramallosa; la plaza de Teodoro Pascual es la plaza del Rollo. El rollo ya no existe pero su recuerdo es sempiterno. Esa memoria de los desaparecidos es una de las características de los vecinos de Villamiel (quienes por supuesto no se llaman villamelanos sino guritos); hubo un fuerte que volaron los portugueses pero se sigue llamando el Fuerte a uno de sus barrios; hubo una muralla y un barrero donde como su nombre indica se corrían las vacas en las capeas; tampoco existen pero hay otro barrio llamado la Muralla y una plaza del Barrero (ahora, en las afueras, hay plaza de toros supermoderna, junto a una piscina y un complejo deportivo). Cualquier siglo de éstos el ayuntamiento se decidirá a llamar a las calles por su nombre y les quitará su aditamento político. En cualquier caso al nombre de las calles tampoco ha de dárselo mayor importancia puesto que el pueblo es pequeño y no hay peligro de perderse.


Si al viajero le da por lo monumental lo mejor es que empiece por la Plaza Mayor, la plaza. En ella podrá ver el ayuntamiento, con sus poyos bajo los soportales, buen lugar para dedicarse a no hacer nada (se entiende que ese no hacer nada se refiere a los poyos, no al ayuntamiento); el caserón de la familia Guillén también con poyos para el mismo menester, el restaurado edificio de la biblioteca, la torre de la iglesia y la cabecera de ésta.

La torre, del siglo XVII, tiene una buena traza, es un magnífico ejemplo de los buenos canteros y maestros de obras u obregones que siempre fueron los villamelanos; el máximo exponente de estos artistas del granito fue Francisco Hernández quien en ese mismo siglo dejó muestras de su destreza en la sacristía de la iglesia de Robleda (Salamanca) o en la iglesia mayor de Olmedo (Valladolid). La torre guarda en su interior un reloj que estuvo funcionando hasta antier, aunque hace ciento cincuenta años ya estaba viejo; entonces era obligación del maestro de escuela darle cuerda. Ahora ha dejado de funcionar no porque estuviera inservible sino porque no se encontraba a nadie dispuesto a subir la difícil escalera de caracol y ponerlo en orden. Es una auténtica joya de museo; lo han sustituido por uno electrónico, más brioso pero menos divertido: el viejo daba las horas cuando le daba la gana, el de ahora cuando lo mandan los hugonotes de Bruselas.

En la cabecera de la iglesia hay un buen escudo del emperador Carlos V; fue colocado allí como premio a la fidelidad de los villamelanos cuando lo de las Comunidades. La fachada Oeste de la iglesia, la principal, está restaurada al estilo mesón de carretera, estilo que también se repite en parte del interior. En ese interior des taca la capilla mayor, gótico tardío, con un notable retablo barroco con imaginería de la época coronado por un Dios Padre que impone respeto; en ese retablo se sustituyeron un par de imágenes originales por otras modernas de escayola y purpurina, que desentonan; algo notable y no fácil ver, porque le han colocado encima unas lámparas, son dos figuras un tanto esotéricas que hay en el arranque de los arcos de dicha capilla mayor.

En el interior de la iglesia hay también una gran imagen de San Pedro Celestino (papa Celestino V) elegido patrón del pueblo porque en 1699, con la ayuda del otoño, libró a los villamelanos de una de una enfermedad intestinal que se llevó a la quinta parte de la población. Calumnia, gran calumnia es lo que dice la Enciclopedia Espasa: que lo villamelanos ponían a su san Pedro de cara a la pared cuando no les hacía llegar la lluvia. Se puede ver también un Cristo Negro, gótico tardío, de historia curiosa. En el siglo XIX una dama pía y adinerada debió enternecerse del mucho tiempo que llevaba Cristo en la cruz y se empeñó en dejarlo reposar dentro de una urna. El Cristo se bajó de la cruz, se le serraron los brazos para dejárselos caídos, se le pintarrajeó una corona de espinas y todo un hospital de sangre esparcido por su cuerpo; cuando se le quiso introducir en la urna se vio que el artista encargado había tomado mal las medidas y el Cristo resultaba demasiado largo; solución: se le cortaron los pies. Y así estuvo hasta que hace unos diez años los curas nacidos en Villamiel, que son muchos y de buen gusto, decidieron pagar de su propio peculio una adecuada y buena restauración (por cierto: tales curas no quieren que se sepa ese gesto de generosidad, así que ¡por favor! guarden el secreto). Hoy hay una lucida cofradía del Cristo Negro que en Semana Santa lo saca en procesión al son rítmico de un tambor entre dos filas de nazarenos con sus capirotes y todo.

También pueden verse en el interior de la iglesia unas buenas imágenes de la Inmaculada (siglo XVII) recientemente restaurada con acierto y un Niño Jesús, muy parecido al de Praga, al que de vez en cuando le colocan unas falditas blancas que lo convierten en un Niño feminista.

Casi enfrente de la fachada Oeste de la iglesia parroquial está el palacio del deán, postherreriano. En el vestíbulo hay unas muy bien conservadas laudas sepulcrales romanas.

El deán era don José de Jerez, que además de serlo de Ciudad Rodrigo, era también catedrático de la Universidad de Salamanca, miembro del Consejo Real y hermano de la Cofradía del Santísimo Sacramento de Villamiel. Está cofradía se fundó en 1610 y al año siguiente el papa le concedió una bula otorgándole un sinfín de indulgencias (esta bula se encuentra enmarcada en el interior de la iglesia). La cofradía sigue existiendo. Sus componentes, graves y solemnes, acuden vestidos con capa española a las ceremonias litúrgicas en honor al Santísimo. La más notable y la de mayor significado y profundidad teológica es la del Santo Encuentro el Domingo de Resurrección. Mientras en todos los lugares del mundo cristiano tal encuentro se realiza entre sendas imágenes de la Dolorosa y Cristo resucitado, en Villamiel, por un privilegio especial, se hace entre la Virgen del Rosario vestida de luto y, por un privilegio especial, el Cristo vivo, real y verdaderamente presente en la Hostia consagrada que se lleva en la custodia.

Y volviendo al deán don José de Jerez. Fue el primero de una larga serie de sacerdotes villamelanos que desde entonces ha tenido la dignidad de canónigo bien fuera en la diócesis de Ciudad Rodrigo (a la perteneció Villamiel hasta 1958) o en la de Coria-Cáceres; estas canonjías además de los méritos personales de quienes son elevados a esa dignidad, vienen a ser el reconocimiento de la Iglesia a un pueblo profundamente religioso 1,’ que en proporción a sus habitantes ha dado y da a la Iglesia un número de sacerdotes difícilmente superable.

Un poco más debajo de la iglesia parroquial está la casa del cura; en una ventana se ve empotrado en la pared un Cristo románico que en el interior de la casa es una imagen de la Virgen; procede de un antiguo crucero. En el dintel de la puerta de la bodega está grabado (en letras bocabajo): Felicis fecit: lo hizo Félix; no sabemos si el tal Félix es el autor del crucero, pero sí que era un mal calígrafo. La siguiente casa, caserón, es la de los Fabián; salvo el volumen de la edificación lo curioso, casi lo morboso, es una gran piedra que hay bajo una ventana; si el viajero tiene paciencia y curiosidad puede leer: “Aquí yace el licencia do...” (Vanidad de vanidades: muérete, deja una fortunilla para hacerte una buena lápida que luego acabará en una vulgar pared).

Siguiendo con lo monumental, el viajero puede pasar bajo el arco del ayuntamiento y a diez metros mirar hacia atrás y hacia arriba a la izquierda. Encima de una ventana verá un curioso relieve de un San Sebastián, románico, rodeado de un obispo y de un ciervo. Son restos de una desaparecida ermita de San Sebastián que ya no existe más que en el recuerdo y la toponimia local.


Al lado hay dos bares. Déjese un momento lo monumental y conózcanse productos de la tierra. En el primero de los bares tómese un vaso de vino de la cooperativa; en el segundo, otro vaso de la única bodega local autorizada legalmente. Ambos son buenos. Una vez recobradas las fuerzas súbase la cuesta que se encuentra a mano derecha; siga hasta una placita; por cualquiera de los calles que salen hacia la izquierda; se llegará a la zona de la Muralla; no hay nada monumental en ella pero los recovecos de las calles y las casas colocadas un tanto a su aire serán muy gratas para los pintores o los buenos aficionados a la fotografía. Cerca está la bodega de Alfredo (Alfredo el Matutas, para más señas y con perdón); es buena gente, como vea al viajero no habrá quien le libre de otro vaso de buen vino y una amena conversación; (todos los villamelanos son “peligrosos” por lo del buen vaso de vino; los más notables, con corazón grande, pueden ser, Guillermo Ramos (el de la Margarita), Pepe Asençio (que hasta da jamón), Lalo (el chófer de Angelín, que ya no es chófer) y Pepe Guervós (más conocido como don José Garvós).

Lo monumental puede acabar en la ermita de la Soledad. Antes de llegar a ella el viajero se encontrará otros dos bares; para no fomentar el alcoholismo se recomienda que en uno se tome una cerveza y en otro un refresco. Si es día de fiesta y por la tarde el viajero puede ver en la calle de la ermita a las mujeres jugando a las bolas, un juego ancestral, exclusivamente femenino y de reglamento complicado. El exterior es de la ermita es del ya conocido estilo mesón; el interior es un tanto anómalo y hasta si se quiere ecléctico. Lo más notable son las imágenes de la Virgen de la Piedad y la capilla e imagen del Nazareno; ésta imagen es un entramado de madera al que se le han colocado la cabeza, las manos y los pies; la capilla resulta extraña por ser de ladrillo en un pueblo donde antes todo se hacía de piedra.

Al salir de la ermita de la Piedad cójase la calle de la izquierda (vulgo San Sebastián) y después la de la derecha; se llegará a la Malina, el más hermoso rincón de Villamiel. Gástese un carrete fotográfico.

Saliendo de la Malina y marchando siempre hacia abajo y hacia la izquierda se llegará a la Cruz del Teso. En sus proximidades puede que se encuentren restos del paso de los perros o de los enamorados; da lo mismo. Desde la cruz y en las cuatro direcciones de los puntos cardinales se van cuatro hermosos y distintos paisajes; al Norte, el Barrito Blanco donde se puede contemplar como a la Naturaleza le gusta que las cosas estén juntas pero no revueltas y separa los robles de los castaños mediante una recta traza da con regla, hay unos pinos silvestres e intrusos que le están comiendo el terreno a los castaños; al Oeste los robles, que llegan hasta la sierra de Moncalvo (es sin duda alguna el mejor robledal del Norte de la provincia de Cáceres, aunque desde la cruz no se ve en toda su grandeza); al Sur el espolón rocoso donde se encuentra el castillo de Trevejo y a lo lejos la Sierra de Santa Olalla; al Oeste el valle abierto de la rivera Trevejana. Si el viaje ro es muy de ciudad y como puede ser que el aire puro le siente mal (eso le pasa al cronista) fúmese un cigarrillo, que un cigarrillo no mata, aún no es pecado y no engorda.

Para descansar y hasta para hacer se millonario puede irse al bar de las quinielas; ni se le ocurra hablar mal del Real Madrid.

Si al viajero le da por lo campestre, le gusta andar y observar pájaros y bichos de todo tipo puede tomar múltiples caminos. Uno: la calzada medieval o camino de San Martín hasta llegar a los castaños de doña Elvira (doña Elvira fue una condesa de la familia real leonesa que en el siglo XII donó Villamiel a la Orden del Hospital y a la que aquí, donde como hemos visto nunca se olvida nada aunque a veces no se sepa lo que se recuerda, se la sigue teniendo presente); de esa calzada sale un camino que va hacia Machacascos, puede ser que ladren los perros de Sabino, ni caso, son mansos. Otro, el camino de la Dehesa (aquí llama da Jesa), del campamento, de la comuna o del alto de Acebo, que por todos esos nombres se le conoce; si el viajero es valiente puede llegar hasta el pico de Jálama, no son más que dos horas de ida y otras dos de vuelta por una buena calzada mandada arreglar por Carlos III; aunque no lo parezca merece la pena el esfuerzo: el paisaje y la placidez de la cumbre son incomparables. El tercero: hacia Trevejo. Hay dos posibilidades: para jóvenes esforzados ir por la antigua calzada, todo cuesta abajo hasta la puente, después empieza el repecho que hará llegar con la lengua fuera; para gente fon dona y un tanto carroza se recomienda la carretera, bastante llana, con grandes galerías formadas por los castaños de uno y otro lado. También se puede ir en coche, pero eso tiene menos mérito.

Si al viajero lo que le gusta es la fiesta que sepa que las de Villamiel son: San Pedro Celestino (19 de mayo) y la Virgen de la Piedad (21 de noviembre); ambas sin pena ni gloria. Las sonadas son las ferias (22 a 24 de julio) que ahora se empeñan en llamar fiestas de Santiago cuan do en su origen y por concesión regia eran la Feria de Santa María Magdalena, titular de la parroquia. Hay toros con toreros de cartel, capeas, verbenas y cohetes que asustan a los perros.

Salvo en invierno, el clima benigno de Villamiel permite que sea visitada con agrado en cualquier época del año. Se puede reservar con tiempo cualquiera de la media docena de casas rurales que hay en el término municipal; algunas de ellas han sido parangonadas por cualificados viajeros con las mejores del país.

Aún queda por ver Trevejo; pero Trevejo merece otra crónica.





© Senderos de Extremadura, 1999.
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