LA MURALLA Y LA TORRE DE BUJACO

Baluartes de Cáceres



Por : José Raimundo García Arroyo
        María José García Berzosa

Fotos: José A. Rodríguez Amado


Sirva como comienzo que el presente artículo persigue la motivación y la inquietud en el lector. Ningún ánimo perverso motiva a los autores a causarle desazón, sino un deseo vivo de despertar su interés por la historia y viuda contenidas entre las piedras de la villa de Cáceres.

Destacados eruditos han dedicado su tiempo al estudio de la ciudad de Cáceres. De sus fuentes hemos bebido para, como decíamos, levantar al lector y empujarle a visitar la villa: A. Álvarez Rojas, S.B. Boxoyo, C. Callejo Serrano, A. C. Floriano, P. Hurtado, M. M. Lozano Bartolozzi, T. Pulido, A. Rubio Rojas, L. Torres Balbás, e innumerables autores más disponibles en la excelente biblioteca de la Diputación de Cáceres nos han facilitado los datos para presentarles un breve resumen y conocer la evolución de la historia y algunas de nuestras leyendas.

Los primeros indicios de Cáceres se remontan a la época Auriñaciense-Perigordiense en el Paleolítico Superior, tal y como corroboran las pinturas rupestres que el ilustre C. Callejo descubrió para la Ciencia y la Historia en la Cueva de Maltravieso en 1956. El homo sapiens, pues, merodeó por estos lares dejando constancia de su primitiva existencia hace ya unos 25000 años. La importancia de la Cueva de Maltravieso radica en su situación geográficamente estratégica en las corrientes migratorias de los hombres del cuaternario, que cruzaron la península de norte a sur. Su arte y costumbres se encuentran magníficamente detallados en el centro de interpretación abierto al público junto a la cueva original.

Después de aquellos primeros pobladores, y antes de que los romanos, árabes y cristianos se fijaran en este punto estratégico, encontramos vestigios de la época del Neolítico y Calcolítico, del Ibérico y restos de comercio fenicio en los alrededores de la ciudad. No es de extrañar que desde tiempos lejanos este punto del mapa centrara el interés de unos y otros. Cáceres se asienta en una colina entre dos sierrillas desde la cual se domina perfectamente la penillanura entre el Tajo y el Guadiana ; desde la Sierra de la Mosca se controlan los principales pasos y vías naturales; además, la existencia de un gran caudal de agua en un área donde el abastecimiento durante todo el año es vital, convirtieron a este punto del mapa en zona de interés estratégico básico.

Los romanos, únicos e inimitables constructores de calzadas, atalayas de vigilancia o fuertes, campamentos o poblaciones comenzaron su andadura por estas tierras fundando la colonia Norba Caesarina y el campamento Castra Caecilia en el término cacereño, provocando una de las controversias más candente entre los historiadores de Cáceres sobre el origen de la ciudad.

Probablemente hacia el año 50 antes de C., Norba es un oppidum fundado sobre antiguos restos de un castro lusitano, donde legionarios romanos reposaban de las luchas y conquistas del momento. Años más tarde, hacia el 36 a. C. el campamento se transforma en Colonia bajo el patrocinio de Lucio Cornelio Balbo. Este personaje es un destacado militar español que obtuvo gran posición e influencia en la Roma de aquellos tiempos. Según D. A. García y Bellido una hija de Cornelio Balbo, Cornelia, casó con Cayo Norbano Flacco, y este bautizó a la nueva colonia con el nombre de Norba añadiendo Caesarina en memoria de César.

No es nuestra intención animar la discusión sobre el origen romano de la ciudad. Esta introducción histórica busca la ubicación del lector en aquellos momentos de la historia donde los romanos plantan la primera piedra de lo que ha perdurado hasta nuestros días: la muralla.

Después de los romanos, se sucedieron diferentes etapas donde cristianos y árabes se intercambian el dominio de la ciudad. Llegamos al siglo XII, después del declive de la colonia romana y una etapa visigoda, con la toma de la ciudad por los árabes. La ciudad es reconquistada por Fernando II de León en 1169. Este rey leonés dejaría la villa bajo la protección de los llamados Fratres de Cáceres. Los Fratres, mitad monjes mitad soldados, fueron una orden fundada por Pedro Fernández Hurtado, pariente del rey, en 1170 y germen de la posterior Orden de Santiago. Sin embargo, sólo tres años después, en 1173, los almohades vuelven a retomar la ciudad bajo el mando del caudillo Abu Yacub.La encomiable defensa de la ciudad por los Frates no fue suficiente y uno tras otro fueron cayendo hasta que los últimos 40 caballeros de la Orden se concentraron en la Torre de Bujaco a la espera de los moros. Los infieles impacientes por tomar definitivamente la ciudad después de seis meses de asedio, tenían a la victoria de su lado y degollaron a los 40 caballeros, uno tras otro, en lo alto de la torre convirtiéndose en los nuevos dominadores de la ciudad. Era un triste 10 de marzo de 1173.

El nombre de la Torre de Bujaco procede de la contracción popular de Abu Jacob, caudillo almohade que conquistó la ciudad. En realidad, el nombre de la Torre de Bujaco es una implantación reciente puesto que desde la Edad Media se la conocía como Torre Nueva y Torre del Reloj. Es de estilo Árabe, construida en el siglo XII, sobre sillares romanos. Su altura aproximada es 25 metros con remate de almenas. Se llamó también Torre del Reloj porque desde finales del siglo XVI a finales del siglo XVIII tuvo instalado un reloj que servía de orientación a los vecinos y comerciantes. Este reloj fue trasladado posteriormente a la Iglesia de San Mateo.

El aspecto actual de la torre viene determinado por las reformas de época cristiana acometidas durante los siglos XIV ó XV, fechas en la que se aprovecha el núcleo de la primitiva torre albarrana almohade y se forra con mampostería, reforzándose con saeteras y rematándose con matacanes y almenas de clara tipología occidental cristiana. El balcón que da frente a la plaza mayor, llamado de los fueros, es un añadido renacentista, de mediados del siglo XVI. En 1820 se construyó en la cima un templete con arco de medio punto donde se asentó una estatua romana atribuida a la diosa Ceres. Afortunadamente para la estética y el respeto arquitectónico, se decidió eliminarlos, trasladando la estatua al Foro de los Balbos, sustituida luego por una réplica. La estatua original se puede admirar actualmente en el Museo Arqueológico Provincial.

La Torre de Bujaco ha estado a punto de ser derribada en dos ocasiones. Una primera en 1790 cuando Don Antonio Mon y Velarde, primer regente de la Real Audiencia de Extremadura, propone que los materiales necesarios para la construcción de la Audiencia de Extremadura sean extraídos de la Torre de Bujaco, salvando, eso sí, el reloj de la Torre y trasladándolo a la Iglesia de San Mateo. Y una segunda, en 1842, con el fin de sufragar unos gastos de reforma de la plaza mayor, el ilustre ayuntamiento de la época se planteó enajenar el solar de la Torre sobre el que levantar nuevas construcciones más rentables.

En cualquier caso, la torre conforma un baluarte hermoso que resiste junto a la muralla al paso del tiempo y a las tropelías de algunos ilustres ciudadanos.

Retomamos los lienzos que rodean la ciudad recordando que los orígenes de la actual muralla que rodea el recinto monumental son romanos. El material utilizado en la construcción, tal y como cita Don C. Callejo Serrano, fue el opus cementicium de gruesos guijarros de cuarcita, tratados con durísima argamasa.

Los restos de la etapa romana son sumamente escasos, limitándose al trazado, cimientos y arranques de muros en algunos puntos, así como una de las tres puertas primitivas que tenía la ciudad. Esta puerta superviviente, denominada Puerta del Río o Arco de Cristo, fue construida en el siglo I con grandes sillares, con una altura de entre 40 y 60 cm., dispuestos a soga y tizón y bóveda de cañón entre los dos grandes arcos de entrada y salida.

Las otras dos puertas: la de Mérida y la de Coria corrieron peor suerte cayendo ante el avance de las necesidades de los cacereños poco proclives a la conservación del patrimonio si este, o bien
requería demasiadas incomodidades, o bien demandaba material para la construcción y qué mejor material que las piedras milenarias de la muralla.

Así, la puerta de Mérida fue derruida en 1751 ante las peticiones del concejal del ayuntamiento cacereño don Pablo Juan de Becerra Monroy que deseaba construir para su uso y disfrute un palacio solicitando al Concejo el derribo del citado monumento romano: "...dicho pie del arco no quite la ermosura, as¡ a la fachada como a dicha esquina, se a de servir a esta villa de concederle licenzia para derrivar el arco y aprovecharse de sus despojos..."

"...todo lo que se puede alcanzar por toda la hermosa rivera, los hermosos campos de guadiloba hasta las sierras de Plasencia; se distinguen la ciudad de Truxillo y sobre su izquierda, cuanto comprenden sus dilatados campos..." El informe del arquitecto municipal, don Emilio Mª Rodríguez, también fue favorable al derribo y así cayó la puerta norte
de la ciudad autorizando al solicitante del derribo, el citado don Joaquín Muñoz Chaves, para que "por su cuenta realice dicha obra, utilizándose de los materiales que produzca..."


Inmediatamente después de la reconquista, en el lienzo de la muralla de más fácil acceso que da a la actual Plaza Mayor, se abrió la Puerta Nueva para la comodidad del tránsito de personas y mercancías. Dicha puerta, situada justo al lado de la Torre de los Púlpitos, era de cantería con dos puertas de madera que cerraban el vano del arco. Narra la historia que delante de esta puerta y antes de entrar en la ciudad, un 30 de junio de 1477 el Bachiller Hernando Mogollón, hincados los hinojos, requirió a la reina doña Isabel la Católica para que jurase, como juró, guardar y no revocar los fueros, privilegios, libertades, franquicias, buenos usos y costumbres de la villa, ni darla en heredad, ni enajenarla y mantenerla siempre bajo la soberanía real. También en este mismo arco juró los Fueros de la ciudad el rey Fernando "El Católico" dos años más tarde en 1479.

Para acceder a esta Puerta Nueva, existía una calzada estrecha en forma de curva debido a las construcciones que había delante de ella que dificultaban la entrada de coches y carretas causando gran perjuicio en el comercio público. Por ello, ya desde 1702 se comienza a hablar de remodelación y, finalmente, en 1726 se comenzó a construir una nueva puerta según los planos de don Manuel de Larra y Churriguera. La construcción no estuvo exenta de disputa entre el Sr. Obispo de Coria don Sancho Lanuza y el Concejo de la Villa, al considerar aquél que la Puerta Nueva era lugar sagrado por encontrarse en su cara interna una hornacina dedicada a la virgen. La disputa se transformó en pleito legal que se resolvió a favor del Concejo y el 3 de julio de 1726 comenzaron las obras de construcción bajo la dirección del maestro de albañilería Encinales y bajo las expensas de don Bernardino de Carvajal y Sande. De este modo se construyó el Arco de la estrella. Dicho arco da paso a cinco espacios distintos y permite el giro desahogado de los vehículos, por medio de la construcción de un arco en esviaje de gran tamaño. El arco es sobrio pero rematado en almenas, con una hornacina interior con la virgen y un farol estrellado realizado con el hierro de la primitiva puerta.

Así, con la demolición de la Puerta Nueva, la mentalidad pragmática de la Ilustración olvidó la función protectora de unos muros y unas puertas que se cerraban al anochecer salvaguardando a los ciudadanos y contribuyendo a crear una sensación de unidad y seguridad vitales en una época continua de guerras.

La muralla que hoy conocemos es de planta rectangular irregular de sillería romana, mampostería, hormigón y tapial. Sobre los cimientos romanos reside la cerca almohade, que según L. Torres Balbás: "...La muralla dibuja un cuadrilátero aproximadamente rectangular, con un eje mayor norte sur, de 385 metros, y el menor este oeste, de 187.
El perímetro de la cerca islámica, mide 1145 metros y encierra una superficie de 7, 74 hectáreas, ocupadas del siglo XI al XIII por unas 421 casas y alrededor de unos 2500 habitantes."

Los lienzos romanos fueron reconstruidos en su mayor parte por los Almohades a finales del siglo XII y comienzos del XIII, realizándose con encofrados de madera en cajas superpuestas, utilizando tapial con mampostería menuda y cal de notable calidad muy abundante en los alrededores de Cáceres. El exterior de la muralla tenía
que estar exenta de edificios y de cualquier otro elemento que impidiera a los defensores una buena vigilancia y a los atacantes un buen abrigo o cobertura. Es lo que se conocía como el adarve exterior. Así mismo, en la parte interior de la muralla, existe aún un espacio libre que facilitaba la buena circulación de los defensores y acceso a la misma, lo que se conoce como adarve interior.

La muralla no cumpliría ninguna función protectora sin torres de vigilancia que avisaran a los vecinos de amenazas o peligros próximos. Desde los lienzos del recinto se adelantan algunas torres construidas con el mismo procedimiento y material que la muralla, la mayoría de ellas albarranas, distanciadas del cuerpo principal y unidas a éste por un pasadizo. Ejemplos de estas torres "espías" son la Torre de la Yerba o la del Horno, la de la Ved, la del Postigo, la Redonda, Mochada, de los Pozos, Burraca, del Rey, etc.

La mayoría de estas torres de vigilancia representadas en las fotografías fueron construidas totalmente o reconstruidas sobre base romana durante la época almohade, siglo XII y parte del XIII. únicamente la torre de los Púlpitos y la de Espaderos son de época más tardía (s. XIV y XV). Sin embargo, aunque estas doce torres son las que han perdurado hasta nuestros días, la muralla contaba con unas cuarenta torres y baluartes repartidos por todo el lienzo que convertían a la ciudad en casi inexpugnable.

Una y otra vez llegan los cristianos ante las puertas de la ciudad para asediarla y una tras otra tienen que desistir ante la fortaleza. La gran resistencia de los muros, juntos con la posibilidad de acumular víveres y la existencia de un aljibe que asegura a sus defensores contra la escasez, son los puntos a combatir por los cristianos que no consiguen conquistar la ciudad. Cáceres es sitiada sucesivamente en los años 1184, 1213, 1218, 1222, 1223 y en 1225. A veces por inclemencias del tiempo, otras por acuerdos comerciales y otras por mala planificación, el hecho es que hasta el 23 de abril de 1229, el rey Alfonso IX no consigue reconquistar la ciudad. Y , según cuenta la romántica leyenda, la causa de la caída no fue una planificación astuta en la estrategia militar a seguir, ni los valerosos caballeros cristianos imbuidos de sentimientos vengativos hacia el moro, ni motivaciones religiosas de conversión al infiel, sino otro tipo de sentimiento más simple, natural y absolutamente primario: el amor.

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Imaginemos que dicha leyenda transcurre de la siguiente manera: cuentan los trovadores que una princesa musulmana se acercó a la r¡vera del marco, disfrutando de un día soleado junto con sus damas de honor. Una de ellas, la más osada, sugirió la idea de asomar sus cabezas por encima de la muralla y espiar a los gallardos caballeros españoles que esperaban a la rendición de sus familiares. He aquí que entre chanzas y bromas, la princesa mora fija sus ojos en un capitán que por hermoso la enamora al instante. El astuto cristiano se percata de lo que acontece y se las maneja para citarse con ella en el pasadizo secreto que conduce hasta la torre del Pozo. Tras varios días en los que la confianza se acrecienta, la joven agarena se rinde, abriendo su corazón y la Puerta del Socorro, posibilitando la victoria al enemigo de su padre. Los cristianos bajo los gritos de ¡Santiago y cierra España! recorren las calles arrebatándoles definitivamente la ciudad a los moros. Continua la leyenda con una maldición del padre de la incauta enamorada castigándola a la eternidad a vagar por las calles de la ciudad convertida en gallina de oro y a sus damas de honor en polluelos. Cada 23 de abril, conmemorando la traición a su pueblo, la princesa puede ser vista en cualquier rincón del recinto amurallado rogando clemencia.
La relación de leyendas y hechos verídicos que recorren la muralla desde el norte hasta el sur, desde el este al oeste sería interminable.
Los sucesos acontecidos a lo largo de los siglos constituyen parte de la historia de la ciudad convirtiendo a las piedras en testigos mudos de incontables experiencias vividas por celtas, lusitanos, íberos, romanos, árabes, mozárabes, cristianos y contemporáneos. No es suficiente pasear por las calles y admirar la belleza y la sobriedad de unos palacios, sino que es de buena costumbre pararse a contemplar las construcciones y reflexionar primero, y admirar después,o el arte y la historia de la humanidad contenidos en cada piedra de la ciudad monumental.




© Senderos de Extremadura, 1999.
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