senderos de extremadura

PLASENCIA,
El pálpito de la Vida

Francisco Javier Galindo Alcántara
Gerente del Plan de Excelencia Turística de Plasencia

      Con este texto, traducido por Alejandro Matías Gil del original escrito en latín y que figura en la llamada "Piedra de la Libertad", ubicada actualmente en entrada principal del Ayuntamiento de Plasencia, se sintetiza de manera clara el espíritu de libertad que siempre ha prevalecido en la ciudad.

Dicha lápida se encontraba originalmente sobre el arco de la Puerta de Talavera, principal acceso de la ciudad para las comitivas reales, y relaciona en un mismo concepto la recuperación de la ciudad de Plasencia para el poder de la monarquía en 1.488 y la Toma de Granada en 1492, en lo que hoy llamaríamos una auténtica proclama de propaganda política de los Reyes Católicos.

La ciudad de Plasencia fundada a finales del siglo XII por el rey Alfonso VIII de Castilla como baluarte defensivo en la línea fronteriza frente al poder musulmán y el ánimo expansionista de portugueses y leoneses, contó desde un primer momento en sus privilegios fundacionales de libertad y autonomía propia en la gobernación municipal.

Estos privilegios fueron refrendados en los Fueros de la Ciudad, que sucesivos monarcas no dudaron en jurar, desglosaban de manera pormenorizaba cómo hablan de ser las relaciones comerciales y jurídicas de sus habitantes, otorgando gran respeto hacia las minorias culturales y religiosas que en ella convivían: judíos y musulmanes.

La filosofía que amparaba al fundador de la ciudad, fue la de repoblar con súbditos llegados de todas las partes del reino, lo que se denominaría la Tierra de Plasencia y que abarcaba prácticamente todo el norte de la actual provincia de Cáceres, para garantizar la estabilidad económica a esta zona posibilitando que se establecieran relaciones comerciales entre la ciudad y su territorio, otorgando carta de ciudadanía de hombres libres a cuantos quisieran residir en la ciudad, trabajar en ella y defenderla.

Enseguida creció en población y numerosos caballeros que buscaban en la guerra su manera de ganar fama y gloria, construyeron sus casas y palacios al amparo de la libertad, al igual que artesanos, ministriles y hortelanos que en su recién obtenida condición de hombres libres que la hicieron próspera y rica.

Casi de inmediato, Plasencia fue elevada al rango de Sede Episcopal con un amplio espacio eclesiástico fruto del empuje de la reconquista castellana. Así, baste pasear por la ciudad para darse cuenta de la importancia del elemento religioso en la misma y observar la gran cantidad de conventos e iglesias distribuidos por todo su casco histórico, por no mencionar las dos catedrales existentes. La una, gótica y a medio desmontar y que los placentinos llaman "La Vieja" y la otra: "La Nueva", de estilo renacentista, y que presenta un aspecto majestuoso aún sin estar finalizada.

La contraposición constructiva de ambas Seos es hoy uno, si no el de mayor importancia, de los elementos más representativos de la ciudad y que los amantes del arte han valorado de manera más positiva, pues representa, a decir de muchos que la han contemplado, una fotografía congelada en la Era de las Catedrales al percibirse de manera clara el proceso constructivo de tan importante templo, y eso hoy en día es algo que no se encuentra en ningún lugar.

Tal es la importancia de la Iglesia Católica en la ciudad, que uno de los barrios tematizados que ha propuesto el PET de Plasencia ha sido la denominación del Barrio de los Clérigos en lo que algunos autores ya denominaron en el pasado como Barrio de los Canónigos y que abarcaría el sector sur-oriental de la Ciudad Monumental, al proliferar la mayor cantidad de edificaciones de carácter religioso: Iglesia de San Esteban, Convento de Las Claras, Monasterio de La Encarnación, Seminario Diocesano, Casa del Deán, Palacio Episcopal, Catedral Nueva, Catedral Vieja, Cárcel de Curas y Hospital de Santa María.

Otros barrios propuestos y que en breve tendrán su materialización en forma de elementos informativos de tipo monolito son: el de Los Caballeros, con monumentos tan señalados como el Palacio de los Marqueses de Mirabel, antiguos Duques de Plasencia, la Casa de las Dos Torres, la Casa de los Almaraz, la de los Carvajal Girón, la de las Argollas, la de los Quijada Almaraz e Iglesias como la del Salvador, San Nicolás, La Magdalena o Convento como el de las Carmelitas Descalzas, la de Las Capuchinas, Las Ildefonsas y el de San Vicente Ferrer, hoy Parador de Turismo.

Destaca también el barrio de los Mercaderes, que corre paralelo a la calle del Sol hacia la Plaza Mayor y era donde abundaban las tiendas y talleres artesanos.

Plasencia fue libre de todo poder feudal, salvo el período en el que los Duques de Plasencia la sometieron, y que va desde 1.442 hasta 1.488, año éste en el que la ciudad se subleva frente a los señores que la regían y apoyado por las tropas de los Reyes Católicos logran de nuevo su ansiada libertad acorralando en la Fortaleza a los partidarios de los primeros, lo que resalta y pone de manifiesto la importancia que supone para las sociedades el disponer de sus propias leyes para el desarrollo de los ciudadanos en beneficio de la economía que da lugar a que se teja un consistente entramado de relaciones comerciales entre el territorio y el enclave que la dinamiza y idera, como es nuestro caso.

Cuentan las crónicas que el propio Fernando de Aragón juró los Fueros delante de la Catedral Vieja para demostrar que Plasencia debía someterse, como antaño, al poder real, y sus caballeros y hombres de armas sólo debían pleitesía a Sus Católicas Majestades, manteniéndose mientras tanto independiente y con su propio código jurídico.

Esta característica ha sido una de las constantes que, sin ánimo de caer en el tópico, han mantenido muy a gala los placentinos: saberse hombres libres y regidores de su propio destino, en el concepto de independencia frente al poder de la nobleza, lo que hizo más fácil que el espíritu mercantil se desarrollara más aprisa y que la tradición comercial arraigara de manera más firme.

Plasencia es, en esencia, un burgo netamente medieval, aunque algunos de sus símbolos ya se hayan perdido como fue la Fortaleza, que se ubicaba junto a la actual Casa Cuartel de la Guardia Civil fue destruido en los años cuarenta, o en su caso existan otros que aunque permanezcan están solapados por construcciones y en período de recuperación, como son sus murallas que la defendieron de sus enemigos o del poder de la nobleza, salvo el breve tiempo de sometimiento a ella, nos descubran pronto su grandeza.

Pero la trama urbana aún permanece: la Plaza Mayor con función de zoco y lugar de concentración del pueblo para actos festivos y organización de la defensa en caso de asedio, plantea una serie de calles radiales que van a dar a puertas de la cerca, alguna de éstas aún mantiene el nombre original del gremio artesano que acogió en el pasado, como la calle de los Quesos, la Rúa Zapatería, la de las Vidrieras; o por el lugar donde llevaban los caminos que de ellas partían: Trujillo, Coria, Talavera; así como por la importancia que ella representaba: la del Rey o lo que su equivalencia a otras ciudades sería la calle Mayor o Real y que comunicaba la plaza principal con La Fortaleza. Y por supuesto las tradiciones, los usos y las costumbres sociales aún permanecen vivas en el alma placentina y son fácilmente perceptibles por el visitante.

En la época medieval garantizar la libertad de una ciudad era dotarla de los elementos suficientes que perpetuaran su subsistencia social y económica. Y eso fue lo que sucedió con Plasencia, que arraigó tanto este concepto en todos los ámbitos de la vida para hacerla próspera que hoy no se entenderia si no se contempla el dinamismo comercial y mercantil de la ciudad.

Para muchos viajeros pasear por la ciudad amurallada es trasladarse conceptualmente al pasado, al observar estilos tradicionales apenas alterado por el paso del tiempo y que tiene su máxima expresión en la abundancia de comercios en su centro histórico, en la presencia continua de ganaderos en los mercados semanales de los martes en su plaza mayor que, junto a la calle Talavera, establecen tratos con el simple gesto de estrechar las manos como hace ochocientos años y en la abundancia de productos tradicionales del campo allí expuestos.

Son estos ejemplos, lo que hace diferente a esta ciudad y que la presentan como un auténtico escaparate del costumbrismo extremeño con orígenes claramente medievales y reflejado con suma maestría por el maestro Sorolla en sus cuadros sobre paisajes de España.

Incluso hoy en día el dinamismo vital que ofrece Plasencia no tiene parangón en Extremadura pues "perderse" por sus calles, ofrece al visitante la posibilidad de comprender mejor el pasado desde la óptica del hombre moderno que ansía profundizar en su propia realidad como meta imprescindible para su desarrollo humano.

Observar la cotidianidad, deleitarse con sus monumentos, reconocerse como persona en tradiciones ancestrales, degustar platos típicos, participar en tertulias espontáneas en las tabernas y bares sobre temas de mayor o menor actualidad, sentirse acogido de manera cariñosa por los vecinos que siempre contarán al viajero la pequeña historia de cada rincón de la ciudad, son entre otras cosas, aficiones a las que, quien desee venir a Plasencia, podrá dedicar su tiempo.

Aquellos que hayan tenido la oportunidad de venir a la ciudad del Jerte podrán confirmar lo expuesto, pues siempre se cree que las ciudades históricas están carentes de vida social y que apenas quedan vecinos que deseen vivir allí. Que ni siquiera uno va a encontrar las comodidades del presente.

Y ello, en nuestro caso, no es así, ya que adentrarse en la ciudad amurallada es intervenir directamente en la dinámica vida social de Plasencia, contemplar cómo trabajan y se divierten los placentinos, encontrarse con grupos de colegiales que van a sus clases, disfrutar de animadas charlas de vecinas a la puerta de su casa, escuchar el tañer de las campanas parroquiales tocando a misa, oír el canto gregoriano que sale de los conventos y monasterios que abundan por la ciudad, tropezarse con los hortelanos en día de mercado, preguntar a los comerciantes por el mejor precio de sus productos, respirar el profundo sentimiento religioso de las procesiones de Semana Santa, ver como los jubilados se juntan en corrillos de animada charla, comprender que vivir en una ciudad pequeña tiene sus ventajas porque todos se conocen y siempre se puede fiar uno del vecino. En definitiva: vivir la vida en toda su plenitud.

Por eso a Plasencia hay que visitarla varias veces al año. Todas las estaciones del año son buenas para asimilar el pálpito de una ciudad histórica nacida bajo la época de la Reconquista castellana y al amparo de arcángeles de piedra que velaban en sus entradas por los peligros que pudieran acaecer, tanto materiales como espirituales. Con la siempre imponente presencia de sus Catedrales, a mayor gloria de Dios, o de sus murallas, siempre dispuestas para la defensa del burgo.

Y decimos que siempre es buen momento para venir, porque se suele considerar mejor época del año la primavera, con su explosión de color en las dehesas y sierras vecinas o la representación de la Pasión de Cristo en sus calles en forma de pasos de Semana Santa. Pero a veces no se tiene en cuenta que también el Otoño es una época para disfrutar del colorido de los ocres de sus árboles en las tonalidades que da cada especie y quizás sea buena época para meditar sobre la necesidad de trasladarse a momentos en el que el tiempo no tenía importancia para el hombre, salvo para cubrir sus principales necesidades.

Hay quien piensa que durante el mes de Agosto no conviene venir a Extremadura. Pero es la época del año en que regresan los emigrantes y cuando se organizan fiestas para recibirles, como ocurre con el Martes Mayor placentino que desde los años setenta el Consistorio viene organizando actos que ponen de relieve la importancia que suponen sus comarcas para la riqueza local. Es, en definitiva, un auténtico homenaje a las gentes de su Tierra que desde siempre vinieron hasta aqui para mercadear, como aludíamos al principio, y que premia los mejores puestos de frutas, verduras, artesanía y actuaciones de tamborileros en su recinto histórico.

Durante el invierno es también buen momento para estar entre nosotros, pues el viajero sabrá apreciar los ricos platos extremeños basados fundamentalmente en los productos del campo y en las carnes, por no mencionar sus estupendos caldos. Y aquí hemos de hacer una especial mención al conocido "tapeo" que se desarrolla en los aledaños a la Plaza Mayor placentina. Hoy en día abundan las tabernas de productos típicos, donde todos podemos saborear el famoso vino de pitarra, cuya elaboración es completamente artesanal y donde los bares pugnan por ofrecer los mejores pinchos de jamón, chorizo, queso, morcilla patatera (especie de sobrasada picante) y carne asada.

Llama siempre la atención que las "tapas" que ponen en estas tascas, felizmente recuperada su tradición por empresarios locales para el disfrute de todos, no las cobren nunca y sean totalmente gratis a diferencia de otros lugares.

Aquí manda siempre la tradición. Donde antes había talleres artesanales hoy vemos modernas tiendas de productos de calidad. Donde antes estaban las tabernas y mesones, hoy el sector gastronómico y hostelero desarrolla una importante actividad con un esmerado servicio y atención al público. Y los profesionales que atendían en el pasado a comarcanos y vecinos: letrados, médicos, escribanos y boticarios, hoy aún continúan ejerciendo su actividad con los adelantos que la técnica les ofrece.

Estamos pues ante una población acostumbrada a recibir forasteros, en el sentido positivo de la palabra, es decir: todo aquel que viene de fuera. Lo que no significa que se les tenga por tal ni que se les rechace. Todo lo contrario, el placentino sabe que depende de las gentes que vienen a su ciudad a comprar o a disfrutar de sus paisajes y monumentos, auténticos tesoros que enorgullecen las generaciones que lo han conocido. Y por eso nadie será considerado como un extraño, porque la amabilidad, cortesía y deferencia al visitante es algo intrínsecamente ligado al alma del que habita en la ciudad del Jerte.

Pero fuera de sus murallas se extiende un nuevo concepto de ciudad. En la actualidad se podría decir que en pocos años la población ha realizado un auténtico ejercicio de desdoblamiento urbano y se encarama con verdadero prodigio hacia El Puerto y su Santuario, desde donde la Canchalera, la Patrona de Plasencia, como dice su himno: vela por sus hijos.

Grandes avenidas, estilos nuevos de construcción, dotaciones deportivas de gran calidad, inversiones públicas en sanidad y recursos educativos, centros cívicos y de atención a ciudadana, áreas de esparcimiento, etcétera presenta una nueva visión de la sociedad.

Es de destacar el gran esfuerzo que viene realizando el Ayuntamiento placentino en dotar la ciudad de zonas verdes y ajardinadas, y el especial esmero que pone en su conservación.

Parques y jardines que llamarán, de manera especial, la atención de los visitantes y donde en cualquier época del año verá a los vecinos pasear o haciendo deportes pues están dotados de caminos y zonas acondicionadas para tal fin.

Algunos ejemplos son Los Cachones, es el último parque construido y ofrece zonas de paseo, recreo y templete para conciertos al aire libre. El Parque de la Isla, quizás sea el más antiguo, y fue lugar de caza para la nobleza placentina o donde el dieciochesco Regimiento Provincial realizaba maniobras militares y hoy es un lugar de esparcimiento, deporte y baño, durante el verano. El Parque de la Coronación, llamado así porque allí se coronó a la Virgen del Puerto en los años cincuenta, ofrece zonas deportivas, áreas ajardinadas y bares con terraza para tomarse un descanso tras el paseo. El Parque de los Pinos, está construido sobre una colina rocosa y ofrece juegos de agua, vegetación abundante y animales en libertad y cautividad. Por otro lado existen áreas ajardinadas junto a monumentos que el visitante no deberá dejar pasar por alto, pues observará la magnífica armonía alcanzada entre la naturaleza modelada por el hombre y los restos de edificaciones históricas, como son El Parque de La Rana, junto a la Torre Lucía y sus viejas defensas; y el Parque de Gabriel y Galán, que toma este nombre del insigne poeta salmantino que supo reconocer el alma extremeña, y que transcurre junto al Acueducto de San Antón, y según reza un antiguo cartel allí existente, fue precisamente en este lugar donde los placentinos se sumaron a la revuelta que en 1.808 desembocaría en un enfrentamiento abierto contra el invasor francés.

Al dinamismo social y económico de Plasencia se une el académico. Hay en la ciudad dos universidades: la UNED y la de Extremadura, esta última tiene su Campus en el antiguo cuartel de la Constancia y que ha visto cambiar las voces marciales por las risas de jóvenes estudiantes que forman allí su futuro. Un futuro que se presenta con esperanza para un territorio que alcanza cerca de 160.000 habitantes y que tiene como máximo referente económico, cultural, histórico y turístico a Plasencia y su entorno, que como ayer aspira a aglutinar esfuerzos en beneficio de la calidad de vida y la mejora social, para sus ciudadanos y visitantes.




© Senderos de Extremadura, 1999.
Queda prohibida la reproducción de la información gráfica y escrita sin autorización del editor

Volver al índice
[Volver al sumario] [volver al índice general]