senderos de extremadura
EL CORPUS CHRISTI Y SU OCTAVA EN PEÑALSORDO

Alejandro García Galán


       Peñalsordo es un pueblo situado en el extremo centrooriental de la provincia de Badajoz y diócesis de Toledo. No lejos de su término municipal se hallan las fronteras autonómicas que separan a Extremadura de Castilla-La Mancha y de Andalucía: su población actual apenas si sobrepasa las mil seiscientas almas situándose su mayor índice en la última década de los cincuenta cuando se aproximó a los cinco mil habitantes.

     Es desconocido el origen de su fundación, aunque posterior, sin duda a la reconquista definitiva de la zona a los musulmanes (1.228). Existe un documento en el archivo de la Casa Béjar-Osuna de l.461 en el que aparece el nombre del pueblo, entonces una aldea de Capilla, llamándose en aquellos tiempos La Peña del Sordo, evolucionando más tarde a Peña del Sordo, Peña el Sordo y actualmente Peñalsordo. El rey Don Felipe IV concedió el 22 de junio de 1.631 al lugar de Peña el Sordo (así se llamaba por aquel tiempo) el privilegio de villazgo, desmembrándose, en consecuencia, de su progenitora Capilla, siguiendo ambas villas dependiendo jurisdiccional y solariegamente del ducado de Béjar.

    Entre las fiestas que a lo largo del año celebran los lugareños con mayor sabor popular, destaca de forma especial -junto a la de su Patrona la Virgen del Carmen- la fiesta del Corpus Christi y su Octava, fiesta cargada de tipismo, colorido, bullicio y buen humor. El día 13 de abril de 1.973 la Octava del Corpus fue declarada "Fiesta de Interés Turístico" por el gobierno español. Esta efemérides conmemora la conquista del Castillo de Capilla, por parte de las tropas cristianas, en una de las varias sublevaciones que protagonizaron los moriscos en España durante el siglo XVI.

   

Cuenta la leyenda, que ante el fracaso permanente de las fuerzas cristianas al mando del general Cachafre y de su lugarteniente Palenque (un arroyo y una sierra llevan sus nombre en las afueras de Peñalsordo) para tomar el castillo, que permanecía en poder de los rebeldes moriscos, el general Cachafre se encomendó, la víspera del Corpus, al Santísimo Sacramento prometiendo fundar una cofradía que llevaría su nombre si les ayudaba en la conquista de la fortaleza. El Señor le escuchó. Así, para llevar a cabo su proyecto, Cachafre mandó reunir todos los carneros que había en el contorno y cuando se hizo de noche ordenó quitarles los cencerros y colocar bengalas encendidas en las cornamentas de los óvidos, al tiempo que estos eran empujados por una compañía de soldados, desde el valle de la Orden, en dirección al castillo. Los moradores del recinto, al ver tal número de luminarias creyeron que se trataba de un poderoso ejército que se acercaba, por lo que huyeron aterrorizados, quedando la fortaleza franca para su ocupación. Sigue contando la leyenda que al llegar las fuerzas cristianas al castillo, solo encontraron en él a un abuelo, una abuela, un nieto que llamaban Rafaelillo y dos vaquillas.

      El general Cachafre, cumpliendo su promesa, inmediatamente fundó la Compañía a Hermandad del Santísimo Sacramento con la propia soldadesca que había intervenido en la escaramuza. Un sargento, a caballo y con una espada en la mano, recorrió el pueblo llamando a los soldados para que se les unieran. Estos con jopos encendidos, le siguieron dando salvas al Santísimo. Era la víspera de la Octava del Corpus y el principio de la creación de la Hermandad.

     La Hermandad de los Soldados del Santísimo Sacramento está gobernada por un Hermano Mayor llamado también Mayordomo y Bullidor. Es elegido de forma democrática y su cargo es vitalicio. Otros cargos son los de Capitán, Alférez y Sargento, que se renuevan todos los años, y Secretario.

    

   Casillas: Al solicitar el ingreso o asentamiento en la Cofradía, los hermanos irán ocupando un rango jerárquico según el momento en que hicieron esta solicitud. Así irán corriendo los cargos de Sargento, Alférez y Capitán, a los que llaman casillas, por riguroso turno.

    Vestimenta: Los cofrades usan la misma vestimenta el día del Corpus como en su vigilia. En estas dos fechas visten con levita azul, pantalón negro, camisa blanca, sombrero negro con cinta blanca y ramo de florecillas, zapato negro y calcetín negro. El día de la Octava la indumentaria cambia. En esta ocasión lo harán con chambra estampada y pantalón bombacho del mismo color, aunque últimamente suelen ser diferentes, de tela de percal, pañuelo también de percal o mantón de Manila sobre los hombros, otro pañuelo atado atrás de la cintura, montera sobre la cabeza, generalmente hecha de paño, de forma cónica con abundantes florecillas de tela, hoy también de plástico, zapato negro con calcetín blanco y cencerras o campanillas atadas al nudo del pañuelo en la espalda.. En la vigilia de la Octava los cofrades tan solo llevarán el pañuelo al cuello. Y siempre, los cuatro días que duran los acontecimientos portarán sobre su cuello la medalla la de la Hermandad. Esta lleva por una cara la Custodia y por la otra las iniciales JHS.

     

En la Vigilia del Corpus, avanzada la tarde, sale el Sargento a caballo y con espada, acompañado del tamborilero (aquí llamado tambor) que ejerce un toque rítmico para avisar a los cofrades, al tiempo que recorren todo el pueblo. Al pasar por delante de la puerta de cada hermano, el Sargento lanza el grito de "Alabado sea el Santísimo Sacramento" que es respondido por el ritual de "Por siempre alabado sea", bien por el Hermano que habita esa vivienda, siempre con un símbolo de la Cofradía, que puede ser el sombrero o la montera, o bien por algún familiar que actúa de igual modo. Mientras el Sargento y el tamborilero recorren el pueblo, los hermanos se irán recogiendo en cada una de sus casillas. Así que aquellos que aún no han sido sargentos se unirán en la casilla del sargento de turno; los que ya corrieron la sargentía, pero aún no fueron alféreces, marcharán a la casilla del Alférez de ese año; quienes pasaron ya por ambas casillas, pero no por la de Capitán; irán a reunirse en la casilla del Capitán actual; y por último, quienes ya recorrieron las casillas de Sargento, Alférez y Capitán se dirigirán a la casilla del Mayordomo. Reunidos los Hermanos en sus respectivas casillas, esperan la llegada de los grupos por rigurosa jerarquía. Así, el Sargento, seguido del tamborilero se dirigirá a su casilla para recibir a sus cofrades. Juntos marcharán a reunirse con la bandera; después lo harán con el pinche chico a jineta y una vez todos agrupados irán a casa del Bullidor, poniéndose a sus órdenes. Seguidamente toda la Cofradía marcha hacia la Iglesia a oír las vísperas (rezos y cantos) en orden de dignidad jerárquica. Terminados los actos religiosos la Hermandad marcha al convite, que puede ofrecerse en casa de alguna persona ajena a la propia Hermandad, pero que ha ofrecido una manda, o bien en la vivienda de algún miembro de la Cofradía, también por manda.

    

 

Corpus: Los actos del día del Corpus se desarrollan como el día anterior: por la mañana salen el Sargento y el tamborilero avisando a los cofrades en una primera vuelta. Después, cada hermano ocupará su respectiva casilla y al final todos juntos, encabezados por el Bullidor entrarán en la Iglesia. Ocuparán los primeros bancos del templo. El Mayordomo se sentará en la primera fila, en lugar preferente; las insignias, es decir, los tres jefes jerárquicos, se situarán en las gradas del Altar Mayor. A continuación, la Cofradía y los fieles asistentes a la función religiosa marchan en procesión del Santísimo Sacramento, yendo el Señor en Custodia y bajo palio. La Mayordoma y miembros de la familia de los jefes de turno, con anterioridad, habrán levantado un altar en la calle Larga. La mesa está cubierta con paños blancos y sobre ella se coloca un manifestador o templete que albergará la imagen del Niño Jesús, pero que una vez la procesión ha llegado al lugar, la imagen dejará su sitio a la Custodia con la Sagrada Forma. Los hermanos formarán dos filas: al final de estas dos filas se coloca el Sargento con su insignia (alabarda) hacia abajo, para más tarde levantarla con el grito preceptivo, "alabado sea el Santísimo Sacramento", contestando los demás fieles con el ritual "por siempre alabado sea". Ya en la Iglesia, los jefes vuelven a ocupar las gradas del templo, mientras que el Bullidor con los otros hermanos se sitúan en los primeros bancos. Al dar la bendición el sacerdote a los fieles, las insignias rinden honores al Señor. Al finalizar la Santa Misa, y mientras los cofrades esperan en el exterior de la puerta, el Mayordomo se dirige a la Sacristía para invitar al sacerdote. A continuación todos juntos se dirigen hacia la plaza del pueblo; el público les sigue. Ya en la plaza el cura acompaña a las autoridades locales que seguirán el desarrollo de los acontecimientos, mientras el Hermano mayor se une al resto de los cofrades e inmediatamente formarán un gran corro. El Sargento entrega la bandera de a Cofradía al mayordomo y este banderea por unos instantes poniendo empeño en demostrar sus habilidades de fuerza y arte, terminando con el rito de "alabado" y la respuesta de rigor por parte de los cofrades. El Mayordomo devuelve la bandera al Sargento y este se la entrega al capitán, que imita al Bullidor. El Alférez hace lo propio y termina de igual modo el Sargento. Finalizados los bandereos, el Mayordomo invita a las Autoridades locales al convite en casa del Capitán. Más tarde se reparten los hermanos por riguroso orden jerárquico a sus casas. La festividad del Corpus ha terminado. Hasta hace unos años la Hermandad asistía por la tarde al rezo del Santo Rosario en la parroquia del pueblo. Hoy esta actividad ha desaparecido.

 

 

Víspera de la Octava del Corpus:
De nuevo sale el Sargento a caballo y con la espada por la tarde, acompañado del tamborilero. En esta primera vuelta el Sargento irá vestido de justillo (traje de tela estampado). En este recorrido por las calles del pueblo se les irán uniendo en comitiva los hermanos que aún no han conseguido correr la alabarda, o sea, que aún no han sido sargentos. Estos hermanos, como los que recogerán más tarde, llevarán tan solo un pañuelo al cuello, de percal, con la medalla de la Cofradía y un jopo de bálago encendido. Delante de la puerta de cada cofrade se enciende una cesta de mimbre, en mitad de la calle, que el caballo salvará con un salto por encima del fuego. El tamborilero actúa con un toque rítmico del tambor al que llaman alcancías mientras que los cofrades van dando saltitos al compás de este ritmo. Al grupo se les suele unir muchachos y mujeres que danzan al son de las alcancías. El Suboficial, el tamborilero y los hermanos que podríamos nominar como novicios, después de dar una vuelta por todo el pueblo, se recogen en la vivienda del Sargento para recibir un pequeño convite y tomar un breve descanso. A continuación se sale en una segunda vuelta, portando en esta ocasión el Sargento la alabarda o pinche grande, subido en su caballo. Al pasar de nuevo por las viviendas de los cofrades, se volverán a encender nuevas hogueras con nuevas cestas de mimbre. La comitiva, desde la vivienda del Capitán se dirige a casa del Abuelo y a continuación a la de a Abuela, listos dos individuos simbolizan aquellos viejos que encontraron los cristianos al entrar en el castillo después de la huida de los moriscos. Tanto el abuelo como la Abuela van provistos de crótalos, una especie de grandes castañuelas que no cesan de tocar al son de las alcancías. Portan zapatos negros y calcetines blancos. Recogida la Abuela, en último lugar, quien acurruca en sus brazos a Rafaelillo, un muñeco de trapo, que recuerda al nieto abandonado por sus padres en el castillo. Todos los hermanos se dirigen hacia la vivienda del Mayordomo. Al llegar el Sargento se adelanta y lanza el "alabado" respondiendo el Hermano Mayor con el consiguiente "por siempre...". Después se dirigen a la plaza en dos filas haciendo las alcancías. Los más jóvenes sostienen jopos en sus manos y el Sargento precede a toda la Hermandad. Cuando llegan a la plaza dan dos o tres vueltas alrededor de la fuente para a continuación subir a la balconada del Ayuntamiento. Mientras, la gente del pueblo y los venidos de otros lugares próximos -hoy incluso de distintos puntos de España- ex profeso al acontecimiento, van ocupando un espacio en la plaza, esperando que den lugar los actos tal vez más esperados de todas las fiestas, las mojigangas. Las mojigangas son poemas más o menos versificados que recogen sucesos jocosos acaecidos en el pueblo con sentido del humor y cierta picardía, siendo acogidos por los concurrentes con expectación y jolgorio en general.

Concluidas las mojigangas, con la aprobación y regocijo generalizado de la mayoría, los hermanos bajan del balcón de nuevo a la plaza, dando otras dos o tres vueltas alrededor de la fuente, al son de las alcancías.

 

 

Domingo de la Octava del Corpus:
Otra vez por la mañana sale el Sargento a caballo y espada acompañado por el tamborilero, en una primera vuelta. En esta ocasión no hay ni cofrades ni jopos. Al tiempo que estos dos personajes recorren el pueblo, los otros hermanos permanecen en sus casas enjaezando a un burro. Cubren al animal con todo tipo de atavíos de papel: cintas, estrellitas, corazones... Colocan encima de las albardas o aparejos de los jumentos colchas bordadas y las jáquimas también reciben las atenciones de los cofrades y familiares con abundantes adornos; incluso las patas y pezuñas están cubiertas con figuritas pegadas con minio y barniz. Vestidos y adornados los borricos, tal vez como ningún otro cuadrúpedo de su especie en el mundo, los cofrades los cabalgan trasladándose cada cual a su casilla. El Sargento, que ha cambiado una vez más la espada por la alabarda en esta segunda vuelta, encabeza su grupo subido a caballo, precediendo a sus hermanos, y con el tamborilero, marchan camino de la casilla del Alférez, quien los espera a caballo también, y bandera. Le acompaña su propio grupo. Todos juntos parten hacia la casilla del Capitán, que los recibe igualmente a caballo y jineta, rodeado de sus cofrades. Al encuentro de los jefes, que van en esta ocasión los tres a caballo, yendo el resto de la Hermandad en asno, se saludan con el grito de rigor: "alabado sea...", y la conocida respuesta. A continuación todos los hermanos, cabalgando sus cuadrúpedos, se dirigen a casa del Abuelo, que aguarda montado en su borrico, aparejado con dos esportillas hechas de juncia, sobre las que introduce los pies a modo de espuelas. Después van al domicilio de la Abuela, que espera subida sobre una silla de tijeras, que llaman jamuga o artola, y sujetando a Rafaelillo en sus brazos. Ahora irán a recoger al Bullidor. En casa de este esperan las vaquillas que recuerdan a las que las fuerzas cristianas encontraron en el castillo a su llegada. Las vaquillas suelen ser dos vecinos del pueblo, jóvenes y ágiles que visten con unos artilugios imitativos de dos astados pintados en la tela, y terminando su parte delantera con dos cuernos que sujetan los mozos con sus manos. Las vaquillas van tranqueando al Mayordomo, que marcha a pié -antes iba también a caballo como los otros tres jefes- al igual que los hermanos más veteranos, al tiempo que el resto de los cofrades cabalgan su respectivo jumento. Se dirigen hacia la cuesta de la iglesia antigua en donde se va a organizar una competición hípica, entre los tres caballos, para ver cual de ellos llega primero en veloz carrera, al escuchar la salva lanzada por la escopeta del Bullidor. Después del trámite de la carrera, y conocido su ganador, la Hermandad en pleno parte hacia el Cacho Dehesa, un pago en las afueras del pueblo. Aquí se va a formar un corro con los asnos. En el centro se sitúan los jefes y las vaquillas, que permanecen arrodilladas. Se va a efectuarlo que llaman el acatamiento. Comienzan los borricos a marchar en círculo, pero cada mitad en sentido opuesto. Al sonido de una salva que lanza un hermano o el propio Bullidor, los astados se espantan y salen corriendo, al tiempo que algunos cofrades sobre sus cuadrúpedos los persiguen dándoles alcance y reconduciéndolos de nuevo al toril. Otra vez se va a repetir el acatamiento y ante el nuevo sonido de otra salva de escopeta las vaquillas temerosas empiezan a cornear a los cofrades que tienen cerca de si. Los hermanos entregan sus burros a familiares que andan por allí y siguen ajucheando a las vaquillas, que atacarán ahora a todos los que se encuentran próximos a ellas. Tienen especial predilección por las chicas jóvenes. A continuación la Comitiva se dirige hacia la Iglesia. acompañada por el público que ha seguido de cerca el espectáculo. El pueblo se vuelve a llenar de olores de juncia, poleo y matrancho. Ya en el templo los hermanos se aprestan oir la Santa Misa ocupando los primeros bancos con su Mayordomo a la cabeza. Las tres insignias, Capitán. Alférez y Sargento, acompañados del Abuelo y la Abuela, se situarán en las gradas del Altar Mayor. Finalizada la Misa, de nuevo se repite la Procesión igual que la del Corpus, ya explicada. Sin embargo va a desarrollarse un acto sumamente emotivo. Poco antes de la llegada de la Custodia bajo palio, el Mayordomo ordena a algunos hermanos jóvenes situarse delante de la puerta de entrada al templo para edificar un castillo humano ante la presencia del Santísimo Sacramento. Se forman dos filas superpuestas de hombres en corro, y sobre las mismas otro cofrade subirá encima con una bandera que enarbola y ondea continuamente. Este castillo rememora el tomado por Cachafre y sus soldados a los moriscos. Al llegar el Santísimo a la puerta se extiende una bandera en el suelo sobre la que pasa la Custodia. Detrás de Ella, el castillo humano empieza a marchar haciendo continuas genuflexiones, adorando al Señor, hasta llegar al Altar Mayor subiendo las cinco gradas sin cesar de hacer genuflexiones y de ondear el lienzo el bandereador con arte y esmero. Durante todo el trayecto del castillo viviente, el numerosísimo público concurrente todos los años, emocionado, con los ojos acuosos, no para de expresar su fervor religioso con fuertes y devotos aplausos. Conseguido su cometido el castillo se deshace. Los jefes ocupan la cuarta grada del templo y los cofrades, en esta ocasión forman dos filas en el pasillo central de la Iglesia. Cuando el sacerdote imparte su bendición con la Custodia, cada uno de ellos hace sonar la campanilla o cencerra del que tiene delante. Al entrar el presbítero la Custodia dentro del Sagrario, el Sargento prorrumpe en alta voz con el consabido grito, "alabado sea...", y la respuesta de rigor de los fieles.

Al terminar la misa los hermanos salen de la Iglesia al tiempo que el Mayordomo invita al sacerdote al convite. Pero antes del ágape van todos juntos de nuevo a la plaza para repetir la actuación del Corpus, si bien en esta ocasión los Abuelos escarabajean delante del corro para que este se ensanche, e interviniendo en el bandereo con las demás insignias. Cuando termina esta elegante y lúdica manifestación, las vaquillas que han pasado casi desapercibidas, se desmadran y empiezan a arremeter contra el público en general y de modo especial contra las mocitas, que con frecuencia corren despavoridas. Transcurrido un tiempo prudencial, la Comitiva, acompañada por las Autoridades locales, se dirige a casa del Alférez a convidarse. Después regresará a su domicilio en la firma ritual.

Cuando la Junta directiva cree oportuno y esto suele suceder con frecuencia entre cuatro y ocho años, se celebra otra manifestación muy querida por los pehalsordeños y forasteros; nos estamos refiriendo a lo que llaman los Caballitos. Participan en general los más jóvenes y visten un atuendo especial. De sus cinturas salen unas enormes enaguas en forma de cuerpo de caballo. De su parte delantera arranca una cabeza de caballito de madera sujeta por un cabestro o ramal y de su parte trasera una cola equina. Sobre sus espaldas portan estos cofrades un alargado cartón que les cubre el cuello y la cabeza por detrás. Van provistos asimismo de un cesto repleto de huevos rellenos de serrín. Ante el ritmo marcado por el tambor, los hermanos forman un círculo alrededor de la fuente de la plaza y a una señal del propio tamborilero, empieza una singular "batalla". Cada cofrade toma un huevo de su cesto y al marcar el tambor un quinto paso, lanzará, a ser posible, con tino, dicho huevo contra el que tiene delante de él, yendo a estrellarse contra el cartón protector. La batalla dura unos veinte minutos y al final los huevos suelen ser lanzados sobre otros objetivos sin discreción. Estos caballitos estarán atendidos en todo momento por un "veterinario" y un "herrador", que "cuidarán" las enfermedades de los equinos. Así, estos personajes portarán un botiquín con "medicinas". Suministrarán "vitaminas" a los animales a través de un gran embudo por el que se desliza el líquido "milagroso".

Estas fiestas han venido desarrollándose a través de los siglos en las fechas marcadas por la liturgia: miércoles, jueves del Corpus, sábado posterior al día del Corpus y domingo siguiente. Hoy estas fiestas han cambiado. Al no contemplarse como fiesta preceptiva en la Comunidad Extremeña el Corpus, este ha sido trasladado al domingo posterior y la Octava del Corpus al domingo siguiente.




© Senderos de Extremadura, 1999.
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